UN CAMINO, UN PESEBRE, LA LUZ

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Nos encontramos en la puerta de la Navidad. El acontecimiento que señala varios momentos en la historia de la humanidad: antes y después. Nuestro mundo no es el mismo, desde entonces. El centro de todo es un pequeño niño que ha llegado a Belén desde una tierra lejana, con su familia, con su incertidumbre, y la soledad que es un signo de contradicción de cara a la alegría en el cielo y la tierra.

La gloria de su nacimiento dignifica la luz que necesitan los hombres de buena voluntad. El camino que lleva a Belén presenta un signo que caracteriza el contacto del Hijo de Dios con la tierra: el pesebre. El Papa Francisco publicó el 1 de diciembre de 2019 la Carta Apostólica: “El hermoso signo del pesebre sobre el significado y el valor del Belén”. El Santo Padre, al hablar del pesebre, lo define como un Evangelio Vivo que tiene su espacio vital en la Sagrada Escritura. Cuando contemplamos la escena de la Navidad nos ponemos en un camino de fe. Nosotros nos sentimos atraídos por la humildad del Emanuel, el Dios hecho hombre, que viene a compartir la fragilidad del ser humano. Dios nos ama con el amor más grande. Nos pide acogerlo. San Lucas es el autor sagrado del Nuevo Testamento que destaca, como ninguno, la importancia de una mujer sencilla, María, que asume con fortaleza su rol de madre. Ella “dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada”. El lugar que prefigura el trono de un rey es un pesebre, tan importante y sintomático, paradójico y actual. Esta palabra, praesepium, en su raíz latina, significa el lugar cubierto para caballos y bestias de carga. El Diccionario de la lengua española lo define, además, como el “Pesebre para las bestias…lugar cubierto para ganado”. El Dios encarnado, enseña san Agustín, “puesto en un pesebre se convirtió en alimento para nosotros”. El Pan que ha bajado del Cielo descansa sobre el heno. Nos conmueve este simbolismo tan dramático porque en él radica nuestra unión con quien tiene las manos y el corazón abiertos para recibirnos sin condiciones.   La pregunta de fondo la plantea el Papa: “¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve?” Responde: “Porque manifiesta la ternura de Dios”. La grandeza de Dios se hace pequeña con nuestra pequeñez. Reaviva en nosotros el amor a la vida. María y José, la familia de Jesús, representan compromiso, protección, sacrificio, trabajo. María, siempre Virgen, entrega su “Sí” incondicional e irrefutable a Dios y a la humanidad. José, humilde y obediente, llevaba en su corazón el gran misterio que acompañaba a Jesús y a su esposa María. San Mateo lo presenta como un hombre justo, sabio para discernir y para actuar de cara a la voluntad de Dios, en sus crisis y en sus pruebas. La luz, única en el pequeño niño, ilumina el camino para profundizar en la riqueza de la fe. Jesús sintió el frío del pesebre. María, después de traer la luz al mundo, recorre con nosotros los caminos de esperanza.