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El nacimiento del año 2024 llegó como un huracán de tragedias: la violencia desde el delincuente de barrio pasando por los cárteles del narcotráfico, y llegando a la violencia irracional de la policía y el ejército; nuevamente la inestabilidad política que genera que el período presidencial dure dos años; la pobreza y la miseria que obliga a la mayoría de los ecuatorianos a vivir con un dólar diario; el trauma de la pandemia seguimos viviendo: miedo a salir de la casa, desconfianza con toda persona que encontramos en la calle; la educación y salud públicas descuidadas hasta el extremo; el desprestigio de los movimientos sociales a los que se califica de terroristas; las artes y las ciencias sociales desprestigiadas como actividades inútiles; las familias destrozadas tanto por la violencia intrafamiliar como social; y, un largo etc., todo dirigido y controlado por los empresarios, banqueros y millonarios que no representan ni el 10% de los ecuatorianos.
¿Hemos perdido la esperanza? Por supuesto que no, jamás nos vencerán los explotadores, jamás lograrán que renunciemos a nuestros sueños… Nos queda lo más valioso: LA ESPIRITUALIDAD. Pero, ¿qué espiritualidad debemos vivir?
El padre Pedro Pierre, nos ayuda a profundizar sobre el tema: “Hemos comenzado un año nuevo: Nos hemos preguntado adónde vamos y para qué existimos… recordando el dicho: ‘El que nos sabe de dónde viene no sabe adónde va’. Nuestra manera de entendernos define nuestra manera de vivir, sea eso consciente o no. ¿Hemos tomado el tiempo de sentarnos o hacer una pausa para preguntárnoslo? Lastimosamente no estamos acostumbrados a hacer silencio ni a detenernos de vez en cuando para evaluarnos, para conectarnos con la parte más íntima de nuestro ser interior, para preguntarnos quién soy, adónde voy, para qué existo, cual el espíritu que me guía, me habita, me anima, me orienta…
Es más que tiempo de volver al corazón de la vida que nos habita, a lo más íntimo de nuestro ser que llamaremos nuestra dimensión espiritual o la identidad de lo que decimos poseer: nuestra alma. Esta es la casa de nuestro espíritu o de nuestra espiritualidad, porque somos un cuerpo animado por un espíritu o un espíritu materializado en un cuerpo. Nuestro espíritu o nuestra alma es un espacio que no dominamos porque nos escapa por ir más allá de nosotros: no es nuestra creación ya que nos ha sido dado con el llegar a la vida… por ‘arte y magia’ de nuestros padres. Es un espacio que poco conocemos, que marginamos, descuidamos… cuando es tal vez lo más importante de nosotros. ¿No será la cuna de toda sabiduría?
Notamos, en estos tiempos en que las religiones no responden a las inquietudes y búsquedas de las nuevas generaciones, nos damos cuenta que muchas gentes buscan en las sabidurías asiáticas llenar el vacío de sus vidas. Otros no pocos buscan entender la espiritualidad del mundo indígena gracias a la guía de los shamanes. Pero, todas y todos nos podemos conectar con nuestra casa espiritual, nuestra intimidad más profunda, mediante una opción de vida donde dedicamos largos momentos de silencio diarios que nos irán abriendo poco a poco a la espiritualidad que habita en todas y todos nosotros. Entonces nuestra vida recobrará un nuevo sentido, más amplio, más tranquilo, más abierto y más feliz. Miremos también a los grandes personajes de nuestra época y de nuestro país. Vayamos, por ejemplo, de Rumiñahui a Tránsito Amaguaña, pasando por Leonidas Proaño y algunas comunidades indígenas con sus shamanes que saben acogernos para compartir su espiritualidad… Nos ayudarán a descubrir y fortalecer nuestra espiritualidad afín de no andar como zombis en una sociedad cada vez más violenta y opresora que nos esclaviza y nos opone los unos a los otros… Comenzaremos por el comienzo, para aprender a vivir ‘como Dios manda’, o sea, como nos lo merecemos: según lo más íntimo de nosotros y nosotras: nuestra espiritualidad”.
