VAYAN Y ENSEÑEN LA BUENA NOTICIA

P. Milko René Torres Ordóñez

Nuestra Iglesia Católica, desde sus comienzos, recibe en sus entrañas el mandato de Jesús: anunciar la Buena Noticia. Entregó al mundo la luz de una Palabra viva que debe llegar a todos los rincones del mundo entero, sin distinción de cultura, etnia, condición social o fronteras. La Familia Trinitaria es misionera desde su naturaleza íntima. En uno de los relatos más influyentes, que hablan de la creación del hombre, encontramos la razón primordial del quehacer divino. Nos referimos a Génesis 1, 26. La Trinidad dialoga para ejecutar su gran proyecto de amor: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…”.

El Padre que ama, el Hijo que salva, y el Espíritu que santifica. En unión de esperanza crean un mundo nuevo, lleno de paz y de justicia. La Iglesia misionera que abre las puertas de su corazón a la realidad de un mundo cambiante transmite el mandato de Jesús: “Vayan y enseñen a todas las naciones…”. Para llegar a este momento consideramos que es necesario ubicar en su contexto las claves que configuran la totalidad del Evangelio de San Mateo. La resurrección de Jesús revela el misterio de su ser. El envío misionero tiene como actividad prioritaria la unidad de todas las naciones para que se conviertan en discípulos de Jesús. En San Mateo encontramos el punto de encuentro con su entorno cercano en Galilea. Luego, los ángeles se aparecen a las mujeres junto al sepulcro. Jesús sale a su encuentro para comunicarles la gran noticia. Renueva la invitación para el anuncio de su Palabra. El encuentro con Jesús resucitado con sus discípulos se desarrolla en dos momentos. En el primero, Jesús se revela por medio de sus palabras y ellos lo reconocen con un gesto de adoración. Es el Señor. Inmediatamente les confirma el envío a la misión. Es un acto solemne que los compromete para que sean sus testigos en todo tiempo y lugar. Jesús, una vez más, acoge y perdona. Disipa sus dudas. San Mateo señala explícitamente que todavía les queda un atisbo de duda. Sin embargo, el poder de Jesús es convincente: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra…”. Jesús vino a servir y lo hizo con la entrega de su vida para vencer a la muerte y al pecado. Las consecuencias de este encuentro con Jesús son reconfortantes. Ellos recuperan sus fuerzas porque no fueron capaces de seguirle en el duro trance de su pasión. El Emanuel, Dios con nosotros, acompaña en todo momento a su Iglesia en permanente salida. La Iglesia misionera encarna la razón del anuncio universal de la salvación para todos los hombres que entienden el sentido de la donación auténtica que plenifica la dignidad de los hijos de Dios. La Iglesia se constituye en el nuevo pueblo de Dios. Ella acoge en su seno a todos. Nos corresponde responder con disponibilidad y buen espíritu a tan alto encargo. Por un lado, debemos transmitir con fidelidad el Evangelio como le compete a un buen testigo de Jesús. De modo conjunto, sellar la definitiva unión del discípulo con el Padre, Hijo y Espíritu Santo a través del bautismo. Jesús vive con nosotros.