Diego Lara León
El término «permacrisis» se empieza a escuchar de manera recurrente en los últimos años, especialmente en contextos de análisis político, económico y social. Se refiere a un estado prolongado de crisis constante y compleja, en el cual las sociedades enfrentan múltiples desafíos simultáneos y superpuestos que no permiten una vuelta a la normalidad, ni una resolución clara de las problemáticas existentes.
La permacrisis puede entenderse como la unión de varios tipos de crisis: económica, política, ambiental, social y tecnológica. Un ejemplo ilustrativo de este fenómeno es la combinación de la pandemia de COVID-19, el cambio climático, la inestabilidad económica y los conflictos geopolíticos. Cada uno de estos problemas es significativo por sí solo, pero su interacción creó un entorno en el que la capacidad de respuesta fue muy baja y el impacto fue muy alto y nocivo para las sociedades.
Desde una perspectiva económica, la permacrisis se manifiesta en la persistencia de problemas estructurales como la desigualdad, el desempleo y la precariedad laboral. Las crisis financieras globales de hace 15 años, por ejemplo, dejaron cicatrices profundas en muchas economías, y aunque hubo cierta recuperación, las bases de la economía global siguen siendo frágiles. La pandemia exacerbó estas fragilidades, revelando la dependencia de las cadenas de suministro globales y las desigualdades, a tal punto que hoy en día, no existe la posibilidad de prever un retorno a una situación ideal o al menos satisfactoria.
El cambio climático es otro componente clave de la permacrisis. Los fenómenos climáticos extremos, como huracanes, incendios forestales, sequías e inundaciones, se han vuelto más frecuentes e intensos, afectando a millones de personas y poniendo a prueba las infraestructuras de muchas naciones. Un ejemplo es el severo estiaje que atravesamos en el Ecuador, el peor en 60 años, que provocó una de las peores crisis energéticas de nuestra historia, por supuesto unido a otras variables como el irresponsable manejo en el mantenimiento y la inversión en el sector eléctrico.
En el ámbito político, la permacrisis se refleja en la creciente polarización y el debilitamiento de las instituciones democráticas. En muchos países, la desconfianza hacia los gobiernos ha alcanzado niveles alarmantes, alimentada por la desinformación y las teorías conspirativas. Este clima de desconfianza socava la capacidad de los gobiernos para implementar políticas efectivas y coordinar respuestas a los apremiantes problemas sociales.
Las dimensiones sociales de la permacrisis incluyen la exacerbación de la desigualdad, el aumento de la pobreza y la exclusión social. La pandemia puso de relieve y amplificó estas desigualdades, afectando de manera desproporcionada a las comunidades más vulnerables.
Finalmente, en el ámbito tecnológico, la permacrisis se manifiesta en la rápida evolución de la tecnología y sus impactos disruptivos en el empleo, la privacidad y la seguridad. La automatización y la inteligencia artificial están transformando el mercado laboral, creando incertidumbres sobre el futuro del trabajo. Al mismo tiempo, los ciberataques y las brechas de seguridad digital se han convertido en amenazas persistentes y en prioridad para empresas y estados,
En el 2008, Europa, sufrió una grave crisis financiera. Esta crisis golpeó mucho el ánimo de los europeos, que durante varias generaciones no habían vivido una crisis, no estaban acostumbrados a escuchar la palabra crisis. Sin embargo, en otras latitudes las crisis son, lamentablemente, un término muy común, “se vive en crisis”. Esto es la permacrisis, el conocerla, es quizá uno de los primeros pasos para buscar solución a las crisis casi permanentes y recurrentes.
@dflara
