Quilanga, 30 de mayo 2024
En el fin de la Cordillera de los Andes, en el borde de la frontera sur y entre el aroma de la nostalgia de un rinconcito lojano, emerge el pueblito, la parroquia y el cantón más exquisito del mundo, Quilanga, su aroma y sabor de café lo convierten en un pedacito de cielo, en donde, se conjugan, la magia de un pasado lleno de historia, de cultura, de leyenda y de fe, con un presente, de lucha, de sueños y esperanza de un futuro digno para todos.
El clima y sus variedades, propias de una zona de altura con sus elevaciones, montañas y un ligero valle lo convierten en un amplio mirador de tiernos amaneceres y románticos atardeceres en donde la luna y las estrellas de la noche la convierten en un remanso de paz, por algo en un momento de su historia fue la parroquia La Paz, que, también está bañada por quebradas y ríos que se alimentan de un sinnúmero de vertientes para reverdecer los campos y refrescar la vida.
Quilanga como parroquia urbana, junto a sus parroquias rurales Fundochamba y San Antonio de las Aradas, son el vivo testimonio de la lucha constante de sus hombres y mujeres, cuya historia gira en torno a la producción del café, la ganadería, su sentido de pertenencia con la tierra y sus campos nos permite visibilizar rostros agrietados por su trabajo y por los años que llevan y que se enlazan con la niñez y juventud que va tras sus huellas en busca de un futuro en la educación, el emprendimiento y la identidad que los hace mejores personas, mejores seres humanos.
De profundas raíces religiosas y espirituales, sostenidas en su profesión católica, han enriquecido sus tradiciones, sus costumbres, su cultura y por cualquier camino que cruzamos concentramos expresiones y devociones que hacen de cada barrio un espacio de encuentro, de fiestas y de confraternización.
En distintos momentos de la historia, sea por condiciones adversas o un profundo deseo de progreso y búsqueda de mejores condiciones de vida hace de nuestro cantón el de mayor número de migrantes. Extensas colonias fueron a fundar pueblos y ciudades como la hoy Nueva Loja, Santo Domingo de los Tsáchilas, la misma capital lojana y otras en menor proporción, para, al final del siglo pasado y en este primer cuarto de siglo llegar a los países del viejo mundo como España, Italia y Reino Unido, mucho no dejaron de contagiarse del sueño americano al van, poniendo en riesgo su dignidad y su vida.
Este es mi cantón, al que quiero y me debo, este es el pueblo de mis ancestros, a quienes les debo la vida, lo que soy y sueño. Mi cantón me motiva e inspira, parafraseando “es pequeño en extensión, pero con un corazón grande”, pujante, victorioso en la adversidad, sereno y acogedor. Quisiera bautizarlo con todos los títulos, calificarlo con los mejores epítetos, pero me basta con agradecerle por permitirme ser parte de su historia, disfrutar del café, de la naturaleza, de sus encantos turísticos y responsabilizarme por su cuidado.
