Por: Sandra Beatriz Ludeña
El desafío de comunicar, decir, expresar no siempre encaja con la sumisión; y más si ese desafío lo asumen las mujeres. El discurso femenino ha tenido a lo largo de la historia muchísimos obstáculos, sin embargo, es inocultable su expresión firme, que, según mi punto de vista, surge más libremente desde 1850, cuando ya se practicaba la fundación de tertulias literarias y asociaciones de bellas artes.
En la historia, la experiencia de tener un oficio era un sueño utópico, ni pensar un oficio de periodista. De aquello nos habla Lastenia Larriva, esposa del poeta ecuatoriano Numa Pompillo Llona, quien dice: “Ahora bien, lectora amiga, si amarga, amarguísima es la vida del hombre consagrado a las ingratas labores del periodismo, te aseguro que la de la mujer que se atreve a disputarle los laureles en tan espinoso campo, no sabe, por cierto, a jarabe de rosas” (Larriva, N°70 agosto 11, 1888, p. 570).
Es notable que este testimonio de Larriva, mujer dedicada al periodismo, nos deja ubicar el registro histórico de la queja en el discurso sobre las labores u ocupaciones y su diferenciación por género. Desde entonces, ha pasado más de un siglo, pero ¿qué ha cambiado?
En ese tiempo como ahora los Estados modernos han implementado como forma de administración social, los papeles de desempeño. Estoy hablando de las estrategias de diferenciación en el trabajo, la educación, los espacios de sociabilidad. Pero, por mucho que se haya conquistado en comprensión de género, no deja de ser amargo, ese jarabe que degusta la mujer por atreverse al desafío de decir.
Lo cierto es que hacer labor periodística, aunque tan solo sea “opinión” como es mi participación con este tipo de comentarios, no deja de disgustar a ciertas visiones limitadas de lo que debe ser una opinión femenina, que debería encajar con el molde de mujer dócil, abnegada, sacrificada y hasta resignada.
Así expresar ideas, hablar de lo que nos duele, o decir aquello que no está bien, podría representar un peligro. Resulta peligroso decir que durante mucho tiempo se puede soportar cargas, discriminaciones, injusticias, persecuciones, porque el papel de la mujer es sacrificarse, quedarse callada, soportar, pensando que las cosas cambiarán.
Es por eso que muchas mujeres están condenas al silencio, así se evidencia la exclusión de forma indirecta, pues, estas exclusiones son justificadas por una misión intrínseca que es la de cumplir primero con su papel en el ámbito privado, antes que en lo público. De hecho, los papeles públicos no han podido desprenderse de una especie de masculinización y, esto se da por la falacia de que no hay mujeres de espíritu valiente que asuman el desafío. Y si las hubiere, deben ser castigadas por tal atrevimiento.
