Por: Sandra Beatriz Ludeña
Esta fábula habla de un encuentro de animales voladores en cielos ecuatoriales, fue así como se conocieron un albatros y un cóndor. Para ser precisa fue en las costas del Océano Pacífico, donde asistió el albatros convocado para el encuentro histórico de los animales voladores, evento que realzaría la profesión más renombrada entre ellos, que consiste en el oficio de volar.
Por esto es que, el albatros se presentó diciendo que es él, como ningún otro espécimen de ave marina, el más experto en cielos, volando veinticuatro horas diarias, llegando a acumular hasta ocho mil trescientos sesenta horas de vuelo anuales, de forma continua y no tiene problema en permanecer en el cielo, años seguidos, dedicado al oficio de volar. Que su habilidad y su cerebro le permiten dormir mientras vuela, dado que con una mitad del cerebro ejecuta el vuelo, mientras que, con la otra, reposa. Se jactó de ser capaz de atravesar el mundo, con vuelo continuo, en tan solo cuarenta y seis días y, dijo conocer los cielos tan claramente como su blanca pluma, aseguró que su entrenamiento en leyes naturales, desde que era pichón, le otorga tan especiales habilidades y astucia, mencionando competencias como: memoria espacial, visión proyectada, cálculo preciso y singularidad de planear sin mover alas, para así flotar en el aire. Sobre su alimento, solamente dijo que le basta con acercarse al mar, para tomar los peces que bordean las aguas del océano.
Al haber escuchado el cóndor aquella presentación, solamente sintetizó: yo soy el cóndor andino, habito la cordillera de los Andes y las costas adyacentes al Océano Pacífico, en el oeste del América del Sur, siendo mi ruta natural desde el norte de Colombia hasta el extremo sur de la Patagonia chilena y argentina, pasando por Perú, Ecuador y Bolivia. Estoy entre las aves más importantes pues, soy símbolo de libertad y poder, aunque para los incas era fuerza e inteligencia y me creían inmortal, pero, vivo alrededor de sesenta años, a pesar de aquello, mantengo la estirpe de nobleza, estoy considerado como la más grande ave terrestre, pues, llego a medir hasta tres metros de envergadura. Mi plumaje es de medio luto, es decir, lusco traje negro con bufanda blanca. Me alimento solamente de carne deshecha, ya sea de llamas, alpacas, venados o vacas.
Luego de la presentación, intervino nuevamente el albatros con algunos alegatos, aclarando que respecto de su alimentación, cree con bastante razón que no hay nada de malo en sorprender a los ingenuos peces, pues, son ellos mismos quienes en búsqueda de otros mundos se acercan al límite, claro está que si estuvieran a profundidad, ningún riesgo corrieran, y enfatiza: aunque a veces, me haga pasar por amigable, abogador de vidas, pero en el fondo defiendo mi supervivencia, haciéndolos presa fácil de mis intentos y de mis instintos. Por lo dicho, no importa si les doy falsos alientos, o si los llamo, imitando a uno de los suyos (no importa el engaño), pues, en la ocupación soy a la vez, defensor y depredador.
Terminada la alocución del albatros, habla el cóndor, quien después de escuchar a su confrontador, dice: no me atrevería al engaño, por eso, prefiero la carroña, que, a cuello abierto y poco pluma, no me significa bruma. No tengo problema con la subsistencia, por las leyes naturales todo animal vivo un día muere y en ese punto, espero me llegue mi alimento. No practico la supervivencia que, en realidad con tanta gula, el cuello ahorca, sin importar linaje o poder. Soy respetuoso de la naturaleza, mi vuelo es alto, muy alto, no soy de falsas poses, juego de frente y con altivez, dominando las alturas estoy en el signo y el símbolo, en el significado y en el patrimonio, así soy patriota, mas, me han contado que hasta en caricatura estoy figurado, pues me llaman “Condorito” y soy de los voladores, el más connotado profesional.
Así continúan en el encuentro presentándose otros animales del limpio vuelo, pero al final, todos admiraron al cóndor andino, mientras que, al defensor, superviviente, engañador, imitador, interesado, fingidor y, depredador de peces, acostumbrado a pescar en aguas revueltas, lo miran de lejos y piensan, de lejitos con el albatros, no sea cosa que nos contagie la viveza del cerebro dormido pero consciente; o la astucia al espiar a la presa, día y noche, año corrido y consecutivo; o la apariencia de delicada paloma, cuando a la muerte asoma. Pues, no hay albatros suficiente para el vuelo limpio y eminente.
