Edgar Palacios: un arquitecto de sonidos y esperanza

Benjamín Pinza Suárez

Hablar del Maestro Edgar Palacios es hablar de un pilar de la identidad musical y cultural de Loja y del Ecuador. Su figura trasciende la de un simple intérprete, para convertirse en un arquitecto de sonidos y un sembrador de esperanzas. Sus dedos no solo sostienen una trompeta, sino un cofre donde el Villonaco se baña con arpegios y las notas musicales caminan descalzas por la geografía lojana y se sientan a conversar con la llovizna, con sus ríos, bosques y atardeceres.

Su trompeta no solo emite sonidos, sino que lanza mensajes de profundo contenido humano. Su música con solo un soplo de su pulmón inagotable, es un volcán de alegría y de grandes augurios por una Patria diferente, porque es el estruendo silencioso que despierta consciencias. Es que el Maestro Palacios es un hombre pequeño de estatura, pero un gigante de horizontes infinitos que transformó su trompeta en un canto de identidad sonora y de orgullo nacional e internacional.

Su labor social y humanitaria se registra en la creación del Sistema Nacional de Música para Niños Especiales, SINAMUNE, demostrando que la música es una herramienta de inclusión capaz de transformar vidas y dar voz a quienes históricamente han sido marginados. El pasado 30 de enero de 2026, el Municipio de Loja lo honró con el develamiento de la Estrella de la Fama por ser el embajador cultural que ha sabido elevar el alma de su pueblo a través de cada nota musical y por ser el músico más influyente del país con una trayectoria de siete décadas dedicadas a la trompeta, a la dirección orquestal, a las bandas juveniles, a la inclusión social, a la docencia, la dirección institucional y a la filantropía, consolidándose como un patrimonio cultural vivo de la nación.

Su vida es una narrativa coherente donde cada experiencia es un eslabón en la construcción de su monumental obra. Su conexión con la música es innata, instintiva y profunda. Su Estrella de la Fama simula un luminar inextinguible hecho en el metal, pero que remata con los refulgentes resplandores que el sol arranca del metal colocado en la Plaza de la Cultura donde renace la vida que perpetúa el recuerdo de una obra que se abraza y se confunde con la Lojanidad.

Enaltecer a los grandes es hacer obra trascendente, sin pequeñeces, sin rivalidades; porque pueblo que reconoce a sus valiosos hijos, lleva el germen de grandes virtudes cívicas en el alma. Y esta Loja vio cruzar la recta y cimera figura de Benjamín Carrión, de Manuel Agustín Aguirre, Ángel Felicísimo Rojas, Miguel Riofrío, Pablo Palacios, Pío Jaramillo y de muchos hombres progresistas que transitaban llevando en sus pechos el anhelo incontenible y generoso de la Lojanidad.

Y hablar de Edgar Palacios es hablar de la naturaleza que nos rodea con sus horizontes primorosos; es hablar de esta tierra donde todo es pensamiento, canto y rima; donde el aislamiento, la distancia y el olvido han fraguado espíritus rebeldes, honorables y dignos. Qué bueno Maestro Edgar es haber coronado vuestra vida desde la cumbre de una brillante y exitosa existencia para desde ahí ver realizados sus más acariciados sueños y poder decirle a la juventud de hoy y de mañana lo que puede decir vuestro ejemplo, enseñando cómo se debe amar a Loja y a la patria y cómo darle auténtico contenido y sentido al ideal.