Diego Lara León
Era marzo de 1999, no habían pasado ni seis meses desde que, en Brasil, los presidentes Mahuad y Fujimori firmaron el acuerdo de paz, que ponía fin a décadas de un absurdo conflicto entre Ecuador y Perú. En aquel marzo en los pueblos de frontera empezaba a haber tranquilidad, pero aún no existía confianza.
Mi querido amigo, José Ángel Rojas, que espero lea este editorial desde el cielo, gran camarógrafo y compañero de aventura; y yo, aún estudiante universitario, emprendimos la misión de documentar como vivían y sentían la “nueva y reciente paz” los habitantes de ambos lados de la frontera ecuatoriano peruana.
Visitamos, Zumba, Namballe, Huaquillas, Aguas Verdes, Zapotillo, Sullana, y los dos pueblos que son la causa de este editorial, Macará y La Tina. Un día de marzo, cruzamos la frontera por el puente, ese pueste que hoy inexplicablemente está cerrado. Caminando llegamos al pequeño y en ese entonces triste pueblito de La Tina, en el lado peruano. En este lugar, nos pasamos toda la mañana conversando y filmando a sus esquivos y timoratos pobladores.
Muchos de ellos ni se habían enterado que ya se había firmado la paz, otros no le prestaban atención al tema, puesto que, para ellos, la frontera fue siempre una línea imaginaria, “tenemos familia en Macará y mi esposo ha trabajado allá toda la vida”, nos contó una señora ya mayor en esos años. Siempre habían tenido una relación estrecha y hasta familiar con la gente que vivía y trabajaba al otro lado del río.
Eran las tres de la tarde y de pronto, aparecieron tres miembros de las fuerzas armadas peruanas. Iniciaron una especie de interrogatorio: ¿Qué hacen aquí? ¿de dónde vienen? ¿qué van a hacer con lo que están filmando?
Con una calma no tan calmada, contestamos cada una de las preguntas, sin embargo, era fácil darse cuenta que las respuestas no los convencieron.
Eran ya las cinco de la tarde, el calor aún no se iba (casi nunca se va en ese lugar), y de pronto llegó un vetusto patrullero. José Ángel y yo, fuimos embarcados en el balde (tal cual chivos) y llevados con rumbo desconocido. Varios minutos después entrabamos ‘a cana’ como se dice por ahí. El improvisado calabozo, no era otra cosa que un ex gallinero, ubicado en el poblado cercano de El Suyo.
Nos indicaron que estábamos detenidos, hasta comprobar que nuestras actividades no estuviesen atentando a la seguridad nacional.
Aquella noche nos la pasamos de claro en claro, no pegamos el ojo. Eran tiempos donde aún los celulares no eran masivos, peor aún en zonas de frontera. Pudimos dar el teléfono de una de las secretarias de nuestra Universidad.
Haciendo honor a la verdad, fuimos bien tratados durante ‘nuestra visita’, los gendarmes eran gente buena, nos dieron de merienda ají de gallina, y de desayuno pan con queso de cabra y agua de cedrón endulzada con algarrobina.
Cuando el sol llegaba al punto más alto, apareció el Sargento Guaraz, que con voz de mando dispuso a sus subordinados: “Déjenlos libres a este par de ecuatorianos, cierto ha sido que están haciendo un estudio para su universidad. “La próxima vez avisen pe.” Aun recuerdo con cariño a nuestros custodios y al Sargento Guaraz, dignos representantes de la hospitalidad y don de gente de nuestros queridos hermanos peruanos.
Mi genial camarógrafo y yo, sudados, cansados y con sed, emprendimos el retorno a pie.
Eran más o menos las cuatro de la tarde cuando a mí se me ocurrió una ‘ideota’ para acortar camino, “crucemos el rio y así llegamos más pronto”.
¡Y así lo hicimos! Cuando íbamos por medio río, desde la orilla del lado ecuatoriano, dos compatriotas levantaban los brazos y los agitaban como diciéndonos algo que era imposible escuchar. Nosotros estábamos felices porque pensábamos que nos estaban dando la bienvenida a nuestra tierra.
Cuando llegamos a la orilla ecuatoriana, nos recibieron con cara de sorpresa y espanto.
“¿Qué pasa?” preguntamos. Los vecinos del lugar nos dijeron: “Ustedes están locos, ¿cómo se les ocurre atravesar el rio caminando? ¿Qué no saben que el río aún está minado? El fin de semana, una volqueta quiso atravesar el rio por donde ustedes pasaron, y salió volando en pedazos”.
José Ángel y yo, casi nos desmayamos, nos pusimos blancos del susto, y luego de agradecer al de arriba y a la Churona por salvarnos, seguimos nuestro camino hasta Macará.
El documental al final se hizo, cumplimos nuestro trabajo, el río seguro nos cuidó, hoy sigue llevando agua y vida; y en la frontera, en esa frontera, ya no hay conflicto, y aunque sigue cerrada hay esperanza.
@dflara
