POR RUY FERNANDO HIDALGO MONTAÑO
Imaginemos por un momento que vivimos en un vecindario en el que hay un vecino muy poderoso económicamente hablando, que se aprovecha de ese poderío para hacer préstamos a todo el barrio y en base a eso intervenir en las decisiones internas de cada familia de aquel vecindario, imponiendo a fuerza formas de pensar, vestir, comportarse, husmeando cada cosa que hace cada habitante del sector. Encima de todo esto, el vecino poderoso se da el lujo de formar organizaciones supuestamente para ayudar a todos quienes sean víctimas de injusticias y abusos en sus dominios, pero todos saben que esas organizaciones cumplen sumisamente lo que el vecino poderoso dictamina, y hay quienes les gusta este modo de vivir, pero también existen algunos descontentos con este modelo de convivir porque lo consideran injusto y atentatorio a su dignidad y libre determinación, factores determinantes en la vida de todo ser humano ya sea como individuo o en comunidad. Hay un vecino particularmente opuesto a este modelo de coexistencia pues mediante una rebelión interna acaba de arrebatarle el poder a un déspota que aupado por el vecino poderoso convirtió esa casa en un cabaret permanente lleno de jineteras como les decían a las mujeres que ejercían la profesión más vieja del mundo, también había casinos las 24 horas para la diversión de los magnates amigos del poderoso, ingresaba mucho dinero, pero nada se invertía en el desarrollo de esa casa
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