Santiago Armijos Valdivieso
Fue hace poco que visité la Casa de Cuidados Paliativos, dirigida y auspiciada por el corazón gigante de la Fundación Liga de Caridad de Loja. Esta digna edificación, producto de la bondad y solidaridad lojana, se ubica en el barrio La Pradera, al sur de la ciudad, en la que residen veinticinco personas con graves padecimientos de salud, muchos de los cuales tienen avanzada edad, y están bajo el cuidado afectuoso y profesional del personal de la fundación. En mi visita fui recibido por Lorena Aguirre Riofrío, digna presidenta de la entidad y principal responsable de hacer que no se detenga esta plausible labor benéfica, cuyos inicios se remontan a hace 86 años. La presidenta gentilmente me invitó a recorrer las instalaciones que acogen a quien más lo necesita. Todas llenas de pulcritud, dignidad y plena organización. En el patio principal saludamos con las tiernas y vulnerables personas que viven ahí. En ese momento, estaban tomando los rayos del sol que generosamente se cernían en una enorme claraboya, bajo la atenta ayuda de enfermeras, religiosas y personal de apoyo. En el ambiente se respiraba alivio, cariño y bondad humana, lo cual me hizo entender que, a pesar de los numerosos bemoles humanos, la esperanza y la solidaridad no son solo lejanos e inalcanzables ideales, sino que son de carne y hueso. Lo que sucedía aquella mañana inolvidable era un cristalino ejemplo.
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