P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
El pueblo de Israel vive la realidad del desierto, entre el polvo, el sol, el viento, sin agua y con una profunda crisis humana y espiritual. El libro del Éxodo describe la protesta a Moisés: “Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado”. En la Sagrada Escritura las preguntas pueden leerse como afirmaciones. De hecho, los cuestionamientos permiten alcanzar soluciones satisfactorias.
Moisés golpea con su cayado la roca. Obtiene agua y satisfacción temporal, porque el pueblo continúa su travesía hacia una tierra de promisión entre la duda y la murmuración: “Dios no está en medio de nosotros”. Los procesos de liberación tienen, en su naturaleza, signos de prueba y tentación. Entendemos, por lo tanto, la súplica del Salmista que anima a sus hermanos a no caer en el peligro del desaliento: “Señor, que no seamos sordos a tu voz…acerquémonos a Él, llenos de júbilo y démosle gracias…no endurezcamos nuestro corazón como el día de la rebelión en el desierto”. Dios, que conoce la profundidad del corazón de sus hijos, los acompañará bajo cualquier circunstancia.
Los caminos del Señor son perfectos. La esperanza no defrauda, exhorta san Pablo a los Romanos: “Cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado”. Cristo, dio la vida por nosotros en medio de nuestros pecados. Las palabras llegan y transforman nuestra vida. Permanecen para siempre. San Juan, por su parte, nos introduce en el corazón de un relato lleno de desafíos. Presenta a Jesús en un pueblo de Samaria, llamado Sicar, en un campo en el que existía un pozo con una rica tradición. Jacob había dado el pozo a su hijo José, el más pequeño de sus hermanos.
San Juan precisa la hora y las circunstancias de un hecho que va a cambiar la vida de una mujer. La Samaritana, un ser humano lleno de prejuicios religiosos, envuelta en un pasado conocido por su pueblo, nos representa. Jesús la sorprende porque la interpela con su manera de acercarse a ella: “Dame de beber”. Traspasa la frontera del ego de aquella mujer, la desinstala y la ubica en el lugar correcto: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. Jesús, fuente de agua viva, sacia la sed de quien duda del amor de Dios. La Samaritana, una mujer llena de muchas sombras, encuentra en aquel hombre extraño, y osado, la luz que guiará sus pasos. A partir de ese momento, ella va a descubrir un mundo diferente.
Cuenta a sus vecinos: “Me dijo todo lo que he hecho”. Jesús es el Cristo, el presente de su nueva historia, el Camino, la Verdad y la Vida. Les invita a formar parte de su cuerpo, aceptar su presencia y convivir con Él. Ellos creen en Jesús porque lo han escuchado y han entrado en la intimidad de su misión: “Sabemos que Él es, de veras, el salvador del mundo”. Nosotros, como la Samaritana, reconocemos a Jesús porque bebe con nosotros el agua del mismo pozo.
