EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La Iglesia celebra este domingo la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Asumimos el compromiso de orar por la Iglesia que, a través de sus sacerdotes, actualizan el milagro que Jesús realizó la noche de un Jueves Santo, lo selló con su muerte en la cruz y lo glorificó con su resurrección. El mundo cristiano católico canta, desde el lugar más profundo y auténtico, su corazón, este acto de amor tan infinito.

La Eucaristía, enseña la Iglesia, es el centro y el cúlmen de su vida, que es la nuestra, la de toda la humanidad que se inclina reverente ante tan grande sacramento. San Pablo, en su primera carta a los Corintios señala que “el cáliz de la bendición con el que damos gracias nos une a Cristo por medio de su sangre, y el pan que partimos nos une a Cristo por su cuerpo”. La Eucaristía nos lleva a vivir unidos en la diversidad porque “aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan”. La liturgia de esta fiesta tan importante introduce la proclamación del Evangelio con una secuencia que ensalza el misterio eucarístico: “Todo lo puedes y sabes, pastor de ovejas, divino. Concédenos en el cielo gozar la herencia contigo”. En la tierra, disfrutamos y saboreamos de este manjar predilecto. Jesús es el pan vivo que baja del cielo.

Quienes nos alimentamos de Él viviremos para siempre en la plenitud de su amor y su gracia. La Eucaristía, para san Agustín, es uno de los más grandes sacramentos de la Iglesia. Una realidad en la que una cosa es lo que ve y otra lo que se entiende: “Si quitas la palabra, no hay más que pan y vino; y ya hay otra cosa. ¿Qué es? El cuerpo la sangre de Cristo. Elimina, pues, la palabra: no hay sino pan y vino; pronuncia la palabra, y se produce el sacramento. El cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo”. El cuerpo de Cristo une a la Eucaristía con la Iglesia: “Ambas realidades son, al mismo tiempo, presencia real, mística y sacramental del Señor”. San Agustín y todos los santos hacen un llamado a acercarnos con fe al sacramento. Recibiremos el don precioso de la iluminación. Sus compatriotas lo conocieron, lo escucharon. Lo crucificaron.

Nosotros, miembros de la Iglesia, acudimos a recibir su cuerpo y su sangre. Ellos, después de la crucifixión, recibieron el castigo de las tinieblas. Nosotros, con su resurrección, vivimos bajo la luz. En el ministerio sacerdotal de san Juan María Vianney, la Eucaristía era la vida que renacía cada día. El alimento que renovaba sus fuerzas. El impulso que dinamizaba su fecundo apostolado: “Todas las buenas obras juntas no equivalen al sacrificio de la Misa, porque son obras humanas, mientras que la Santa Misa es obra de Dios… ¿Qué hace Nuestro Señor en el sacramento de su amor? Ha tomado su corazón bondadoso para amarnos y extrae de este corazón una transpiración de ternura y misericordia para ahogar los pecados del mundo”. La Eucaristía es encuentro para la fe, amor eterno. No hay argumento que pueda negarlo.