Jeamil Burneo
Hay momentos en la historia de los pueblos en los que una crisis deja de ser únicamente una experiencia dolorosa para convertirse en una oportunidad de aprendizaje institucional. El reciente proceso de reapertura de la frontera sur del Ecuador, luego de cerca de siete meses de cierre, representa precisamente uno de esos momentos. Haber recuperado el tránsito entre Ecuador y Perú constituye una buena noticia, pero sería un grave error político creer que con la apertura del puente internacional el problema ha terminado. Los puentes físicos pueden abrirse mediante un decreto presidencial; los puentes económicos, sociales y culturales requieren una visión de largo plazo.
La verdadera tarea comienza ahora: colocar un candado institucional para que nunca más una decisión unilateral vuelva a condenar a miles de familias fronterizas al aislamiento económico y social. Siempre he sostenido que las fronteras no son el final de un Estado, sino el inicio de una región compartida.
Son espacios de encuentro, intercambio y complementariedad donde la geografía ha impuesto una convivencia que ninguna decisión administrativa debería desconocer. Durante décadas, ciudades como Macará, Zapotillo, Zumba o La Balsa construyeron su economía cotidiana alrededor de esa integración espontánea. Allí el comercio no distingue nacionalidades; distingue necesidades. Allí el agricultor ecuatoriano vende al consumidor peruano con la misma naturalidad con la que un comerciante peruano abastece a una familia ecuatoriana. Cuando esa dinámica se interrumpe durante siete meses, no solamente se afectan las cifras económicas: se fractura el tejido social construido durante generaciones. Por ello, la respuesta no puede limitarse a celebrar la reapertura. La respuesta debe consistir en construir instituciones capaces de impedir que esta historia vuelva a repetirse. El primer paso es recuperar la confianza. La economía fronteriza funciona sobre la certeza de que el mercado permanecerá abierto. Ningún productor sembrará café, arroz, cacao o arándanos si sospecha que en cualquier momento volverá a cerrarse el paso para comercializar su cosecha. Ningún transportista invertirá en renovar su flota si existe el riesgo permanente de una nueva paralización. Ningún comerciante contratará trabajadores si la incertidumbre continúa gobernando la frontera. Por ello resulta indispensable instalar una Mesa Permanente de Reactivación Fronteriza que reúna periódicamente al Gobierno Nacional, las prefecturas, los gobiernos cantonales, las instituciones aduaneras de ambos países, los gremios productivos, las universidades y las cámaras de comercio. La integración no puede depender únicamente de la voluntad política de un gobierno de turno; debe convertirse en una política pública permanente. Esa mesa debe impulsar medidas visibles y de rápida ejecución que devuelvan confianza a la población. Resulta indispensable organizar ferias binacionales permanentes en la infraestructura existente del CEBAF, un equipamiento que durante años ha permanecido muy por debajo de su potencial. Si alguna vez fue criticado como un elefante blanco, hoy puede convertirse en el símbolo de una nueva integración fronteriza, albergando ruedas de negocios, ferias gastronómicas, muestras artesanales y espacios permanentes para pequeños productores de ambos países. Los agricultores necesitan volver a vender antes de volver a creer. Paralelamente, es imprescindible implementar incentivos financieros de rápida ejecución. Líneas de crédito preferencial para comerciantes, productores y transportistas afectados permitirían recuperar capital de trabajo sin generar subsidios permanentes. Reactivar no significa regalar recursos; significa devolver capacidad para producir riqueza. Sin embargo, la verdadera transformación comienza cuando dejamos de administrar emergencias y empezamos a construir desarrollo. El Ecuador cuenta desde hace años con una Ley Orgánica de Desarrollo Fronterizo cuyo potencial permanece insuficientemente aprovechado. No necesitamos redactar nuevas normas; necesitamos cumplir las existentes. Declarar zonas de atención prioritaria para los cantones fronterizos permitiría activar incentivos tributarios temporales, promover inversiones productivas y fortalecer la competitividad regional. La frontera no requiere asistencialismo; necesita condiciones especiales para competir en igualdad de oportunidades. Del mismo modo, resulta indispensable institucionalizar el comercio vecinal mediante registros simplificados para pequeños comerciantes fronterizos, evitando que miles de familias sean empujadas hacia la informalidad por la ausencia de mecanismos adecuados. La integración también debe expresarse en proyectos productivos compartidos. Café, cacao, arroz, ganadería, turismo comunitario y energías renovables constituyen sectores estratégicos capaces de generar cadenas binacionales de valor. La cooperación descentralizada entre Ecuador y Perú puede convertirse en una herramienta poderosa para financiar iniciativas que beneficien simultáneamente a ambos lados de la frontera. Los territorios fronterizos dejan de ser periferias cuando se convierten en centros de integración regional. Pero ningún modelo será sostenible si no aprendemos la principal lección que nos dejó esta crisis: las instituciones deben estar preparadas para administrar contingencias sin destruir el desarrollo alcanzado. Es indispensable construir un Protocolo Binacional de Contingencia que garantice que, frente a futuras emergencias sanitarias, climáticas o de seguridad, nunca vuelva a producirse un cierre absoluto. Debe mantenerse siempre un corredor humanitario y productivo que permita el tránsito de personas, alimentos, medicinas y mercancías esenciales. La seguridad nacional no puede construirse sacrificando la supervivencia económica de las comunidades fronterizas. Durante demasiado tiempo hemos concebido las fronteras como cicatrices que separan Estados. Quizá sea momento de comprenderlas como articulaciones que unen civilizaciones. La historia demuestra que las regiones más prósperas del mundo no son aquellas que levantan muros, sino las que construyen puentes permanentes de cooperación. En el fondo, una frontera no es una línea sobre un mapa; es un espacio donde dos culturas deciden si competir o complementarse. Nuestra responsabilidad consiste en transformar el miedo en confianza, el aislamiento en integración y la improvisación en planificación. El verdadero candado que debemos colocar no es un cerrojo sobre el puente internacional. Ese puente debe permanecer siempre abierto. El candado debe instalarse sobre la posibilidad política y administrativa de volver a cerrar, sin análisis técnico, una región que vive precisamente de su capacidad para integrarse. Si logramos construir gobernanza, participación ciudadana, planificación binacional y corresponsabilidad institucional, habremos aprendido la lección más importante que nos dejó esta crisis. Porque las fronteras se abren con decretos, pero únicamente permanecen abiertas cuando los pueblos deciden convertir la integración en un proyecto común de futuro.
