Uso equilibrado de la tecnología para educarnos en la era de la dispersión digital

Galo Guerrero-Jiménez

Si partimos de la visión de que la lectura y la escritura son una de las habilidades humanas adquiridas como uno de los logros más distinguidos que cognitivamente lograron desarrollarse en la mente humana para que la educación se desarrolle con un carácter profundamente creativo de lo que implica la naturaleza del lenguaje escrito y leído polifacéticamente desde la infancia y en ese progresivo acenso de pericia para crear y recrearse en infinidad de pensamientos que “en el marco de la evolución de la capacidad de aprendizaje de nuestro cerebro, el acto de leer no es algo natural, y tiene consecuencias tan maravillosas como trágicas para mucha gente, en especial para los niños” (Wolf, 2008) y jóvenes que, por efecto de las tecnologías digitalizadas y virtualizadas, han perdido la capacidad de atención, de concentración y de análisis para reflexionar, cuestionar, atender, pensar y escuchar, en la medida en que ocupan demasiado tiempo en usos indebidos y poco éticos, lo cual les está acarreando graves problemas de conducta en la familia, en la educación, en la cultura, en lo social y, fundamentalmente, en el bienestar de su saludad humana.

Súmese a ello el desarrollo vertiginoso de la tecnología a través de la llamada inteligencia artificial (IA); pues, “en muchos casos, en el contexto digital, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades” (León XIV, 2026, p. 48), que las sufren las personas que no han considerado como prioridad a la lectoescritura para el ámbito de su formación.

Para que, como sugiere Herrera Pavo: “Esta tarea exige una transformación profunda de los paradigmas educativos, capaz de reconocer que formar para la IA implica desarrollar capacidades críticas para comprender, cuestionar y transformar la tecnología, y no limitarse a transmitir de conocimientos técnicos. También serán necesarias más computadoras en las aulas y más cursos de programación en línea, pero siempre como parte de un proyecto pedagógico crítico y transformador, en consonancia con la tradición educativa” (2026), y con la riqueza cultural que nuestro país posee para seguir cultivando la capacidad de imaginación y de creatividad “que la lectura le exige a nuestro cerebro y cómo ello contribuye a nuestra capacidad de pensar, sentir, deducir y comprender a los demás seres humanos es hoy, cuando estamos en plena transición de un cerebro lector a otro cada vez más digital” (Wolf) y disperso.