No matemos los sueños

Elena Carrión

Aunque sean solo sueños, dan vida al soñador.
Así sea por instantes, vale la pena soñar.
No matemos los sueños,
Por más que el equipaje pese y esté colmado de memorias
Que golpean el presente y hacen temer el futuro.
¿Cómo escapar de aquello si, a veces,  los recuerdos impiden mirar lo que aún despierta ilusión?
Benditos sean los sueños que  permiten volar,
Aunque las alas, a veces se quiebren y les cueste volver a empezar.
Dirán que son solo sueños distantes de la realidad;
Pero ¿qué sería del ser humano sin ellos?
Serían como una raíz incapaz de germinar,
Como un girasol, un clavel o un jazmín
Con  ansias de florecer cuando llegue la primavera.

Con este preámbulo, respetado lector, la invitación es sencilla: concederle un espacio a los sueños. La vida puede presentarse serena, desafiante o incluso adversa; sin embargo, ninguna circunstancia debería arrebatar la capacidad de imaginar un mañana mejor. Mientras exista un sueño, existirá una razón para seguir avanzando.

Toda gran realización nace primero en el pensamiento. Antes de una meta alcanzada hubo una idea; antes de una obra terminada existió una ilusión; antes de transformar la realidad, alguien creyó que podía hacerlo. Los sueños no son una evasión de la vida, sino el punto de partida de un anhelo y un propósito.

Con el paso del tiempo, muchas personas dejan de soñar. No porque les falte imaginación, sino porque el miedo, las decepciones o el peso de las experiencias terminan imponiéndoles límites invisibles. Poco a poco se acostumbran a sobrevivir, olvidando que vivir también significa mantener la ilusión de crecer, aprender y construir algo mejor.

Sin embargo, soñar no equivale a esperar que todo ocurra por sí solo.  Se necesita voluntad, disciplina y perseverancia para convertirlo en realidad. Es el esfuerzo cotidiano el que transforma una aspiración en un propósito y, finalmente,  en una meta alcanzada.

Tampoco todos los sueños llegan exactamente como fueron imaginados. Algunos cambian de forma, otros requieren más tiempo y unos cuantos enseñan que el verdadero crecimiento no reside únicamente en el resultado, sino en la persona que se va formando durante el recorrido. Incluso aquello que no se alcanza deja aprendizajes que fortalecen el carácter y amplían la mirada sobre la vida.

Existe, además, un peligro silencioso: permitir que otros decidan hasta dónde es posible llegar. Hay voces que desaniman, que ridiculizan los anhelos o intentan imponer sus propios límites. Quienes depositan sus sueños en manos ajenas termina viviendo la vida que otros consideran suficiente, renunciando a descubrir todo aquello de lo que realmente eran capaces.

Por ello, nunca es tarde para recuperar un sueño olvidado o para atreverse a construir uno nuevo. La edad, las dificultades económicas o los tropiezos del pasado no determinan el futuro de una persona. Mientras haya voluntad de empezar otra vez, siempre existirá la posibilidad de escribir una historia diferente.

No matemos los sueños por miedo a decepciones ni por las heridas del ayer. Alimentémoslos con esperanza, sostengámoslos con esfuerzo y defendámoslos con la convicción de que cada paso dado con sentido enriquece la existencia. Soñar no garantiza un camino sin obstáculos, pero sí otorga la fuerza necesaria para enfrentarlos.

Porque, al final, la verdadera derrota no consiste en ver un sueño postergado, sino en renunciar a él antes de haberlo intentado. Quien conserva la capacidad de soñar mantiene encendida la llama de la esperanza y mientras esa llama permanezca viva, siempre habrá un nuevo amanecer esperando convertirse en realidad.