Efraín Borrero Espinosa
La medicina casera era mucho más que un conjunto de remedios, tratamientos y prácticas tradicionales que se preparaban y aplicaban en el hogar para aliviar síntomas o curar malestares leves; era un tejido cultural que sostenía a la comunidad. Las amas de casa, con su diagnóstico visual y sus hábiles manos, no necesitaban de tecnologías especiales porque poseían algo más poderoso: la observación, el conocimiento heredado de sus abuelas y una fe inquebrantable en los recursos de su entorno. Bastaba su atenta mirada para diagnosticar el mal y hacer uso de las soluciones que estaban a su alcance.
Aquella medicina, transmitida de generación en generación como un legado invisible pero infalible, no solo aliviaba el cuerpo, sino que hilaba un manto de profunda seguridad familiar, recordándonos que el remedio más efectivo nacía del ingenio, la naturaleza y el amor materno.
Las madres conocían buena parte de la amplia gama de plantas medicinales que ofrecen los suelos de la provincia de Loja, constituida en «uno de los principales territorios de conservación y transmisión del conocimiento etnobotánico andino, donde el uso tradicional de plantas medicinales continúa siendo importante en la atención primaria de la salud y en la preservación de la identidad biocultural».
Los vastos estudios realizados por destacados científicos e investigadores a lo largo del tiempo nos permiten contar con una amplia base documental que habla de nuestra riqueza en botánica médica, como es el caso de los europeos Charles Marie de La Condamine, que en 1737 visitó las montañas de Cajanuma y Malacatos en Loja y fue el primero en describir científicamente el árbol de la quina; y, Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, quienes también visitaronnuestra provincia en 1802 realizando minuciosas excursiones botánicas por varias rutas de Loja, a fin de estudiar la ecología de la cascarilla y herborizar decenas de especies vegetales medicinales.
El célebre sacerdote, naturalista y pensador cuencano, Fray Vicente Solano, vinculado estrechamente con nuestra provincia, ya que en 1848 fue nombrado rector del Colegio San Bernardo, dejó un gran legado científico y académico.
Fruto de las exploraciones que realizó en la zona, Solano escribió y publicó dos libros fundamentales de carácter científico: Viaje a Loja y Segundo Viaje a Loja. En estas obras plasmó observaciones pioneras en varias disciplinas, así como el estudio de plantas andinas. De hecho, dejó una famosa frase que sintetizaba su admiración por la biodiversidad local: «Loja es un jardín botánico…».
Dedicó una parte importante de sus investigaciones botánicas al análisis de plantas medicinales, clasificándolas según sus efectos específicos en el organismo humano, como el caso de las especies vegetales destinadas a estimular o regular el flujo menstrual y para curar, desinfectar y cicatrizar llagas o heridas. Solano fue uno de los primeros eruditos republicanos en registrar formalmente las propiedades medicinales y estimulantes de la guayusa en el sur de Ecuador.
Tiempo después, en 1946, Reinaldo Espinoza fundó el Herbario de la Universidad Nacional de Loja que lleva su nombre, el segundo más antiguo del Ecuador, además de sentar las bases científicas para que las futuras generaciones pudieran catalogar muchas plantas medicinales y endémicas de Loja.
El docente de la Uiversidad Nacional de Loja y director de ese emblemático Jardín Botánico, Zhofre Aguirre Mendoza, publicó la obra «Plantas medicinales de la zona andina de la provincia de Loja».
Alfonso Daniel Palacios Cueva, reconocido investigador que dedicó algunos años en recopilar la sabiduría etnobotánica tradicional de la provincia, escribió sobre «Plantas de la Floresta Lojana».
Vladimir Morocho Zaragocin y Omar Vacas Cruz,investigadores de la Universidad Técnica Particular de Loja, lideraron proyectos de biocomercio para analizar los componentes medicinales de especies de Loja y la Amazonía alta.
Hernán Gallardo Moscoso, distinguido educador y Antropólogo Histórico, destacó el Folklore de la Salud en su brillante obra «Presencia de Loja y su Provincia”, haciendo referencia a las enfermedades y la forma ancestral de curarlas.
Pero además de las plantas medicinales, otros usos y procedimientos caseros para aliviar y sanar ciertas dolencias leves eran frecuentes en los hogares lojanos; por ejemplo, el caldo de guanchaca, nombre de un animal que según la Real Academia Española es un sinónimo regional en Ecuador para la zarigüeya.
El caldo concentrado de este animal se consumía caliente para aliviar el asma crónico, las afecciones respiratorias severas y los bronquios. La creencia popular dictaba que el caldo también servía para curar los reumas, limpiar las impurezas de la piel y fortalecer el sistema inmunológico tras largas enfermedades.
Para los mismos fines y para fortalecer los pulmones en los niños, se preparaba – y aún se sigue haciendo – cecina de carne de burro, que se la puede adquirir en varios sitios de la provincia.
Por nuestra cercanía con el Perú, la Thimolina producida en ese país era un elemento infaltable en el botiquín de la medicina casera. Hasta hoy se la utiliza siguiendo la tradición de las madres que la consideraban “la mano de Dios”.
Este producto de color rojizo y fuerte aroma alcanforado es una solución antiséptica basada originalmente en el timol y se lo ha venido utilizando principalmente para bajar la fiebre o escalofríos.
Nuestras madres empapaban paños o gasas con la Thimolina pura o ligeramente diluida en agua tibia y esas compresas húmedas se colocaban en la frente, en el abdomen o en las axilas del enfermo, para absorber el calor corporal por evaporación. También era muy común frotarla sobre la piel para calmar la picazón y desinflamar las picaduras de mosquitos y otros insectos.
Al igual que el famoso Agua de Florida, el penetrante aroma de la Thimolina se utilizaba a menudo en rituales caseros para «curar el espanto», limpiar las malas energías de las habitaciones o aliviar dolores de cabeza causados por el estrés.
Se dice que la popularmente llamada «pesuña» no es una enfermedad médica por sí misma, sino que es el nombre coloquial que se le da al mal olor extremo en los pies. El que padece de pesuña se confina al aislamiento y provoca malos momentos. Las amas de casa tenían la solución mágica con una fórmula que combinaba agua tibia, formol, una cucharada de bicarbonato de sodio y una cucharada de vinagre que tenía el poder de alterar el pH de la piel haciendo imposible que los hongos y las bacterias sobrevivan. Durante quince a veinte minutos se remojaba los pies del afectado, repitiendo el tratamiento unos dos o tres días.
El alcohol alcanforado también era infaltable. Se trataba de una preparación que unía el alcohol puro con pastillas de alcanfor y servía para aliviar dolores musculares, torceduras, enfriamientos, reumatismo y como descongestionante respiratorio. Se aplicaba mediante masajes que las madres daban con sus delicadas manos en el pecho, la espalda o en las articulaciones comprometidas. La recomendación era que el enfermo debía «arroparse bien» para sudar el mal y no «tomar un aire».
Cuando los niños se rascaban la cabeza a dos manos era señal inequívoca que tenían pulgas y liendres. Para combatirlos se utilizaba una planta llamada «azulina”, que generalmente se la cultivaba en el jardín o huerta de la casa. Con sus hojas y tallos se preparaba enjuagues capilares que actuaban como repelente de insectos y parásitos. En ocasiones también se utilizaba dosis mínimas de DDT en polvo, una práctica que fue desechada por su alta toxicidad.
Aunque hoy en día nos parezca chocante y repugnante, un método eficaz era la «espulgada». La madre encomendaba a su empleada el despioje de los niños afectados quienes pacientemente inclinaban la cabeza. La empleada disfrutaba del despiojado haciéndolo pelo por pelo. Para asegurarse que el insecto o el huevo quedara completamente destruido y no volviera a caer en la cabeza o en la ropa, lo introducía en la boca y lo tronaba con los dientes. El sonido del «chasquido» era la confirmación absoluta de que el parásito estaba muerto.
Cuando los hijos tenían retortijones, gases recurrentes, sentían la «barriga soplada», cambios en el apetito y peso; alteraciones del sueño, problemas digestivos y cansancio, entre otros síntomas, la madre aseguraba sin dudar que tenían «cuicas», una palabra quechua que quiere decir lombriz de tierra.
Sin pérdida de tiempo acudían a los hierbateros, personas dedicadas a vender plantas medicinales, con el propósito de conseguir «el Paico», una planta andina de olor muy fuerte y penetrante que crece de forma espontánea en los huertos, a las orillas de los caminos o cerca de los sembríos de maíz. Se la usaba como antiparasitario intestinal a través de infusiones controladas.
Si esas infusiones no daban el resultado esperado, a temprana hora de un día de fin de semana la madre programaba el asalto sorpresivo a las habitaciones, juntamente con la empleada, para que los muchachos ingirieran en ayunas una cucharada de aceite de ricino, un jarabe espeso, aceitoso y de sabor verdaderamente horroroso, acompañado de un vaso de jugo de naranja para intentar disfrazar la densa textura aceitosa y el nauseabundo sabor. El resultado de tomarlo, eran horas de intensos retortijones, cólicos y carreras de emergencia al baño.
Hoy, el asunto es completamente diferente: se ingiere una medicina sin que causara mayores inconvenientes. Así fue el jarabe que en cierta ocasión me brindó Hernán Sotomayor Veintimilla con la seguridad de que quedaría como nuevo.
Las ventosas también eran frecuentes en los hogares lojanos. Esta técnica combinaba la física elemental con el masaje corporal para aliviar el dolor abdominal, de espalda y lumbalgia, así como los cólicos por gases. Para este último caso, el enfermo se recostaba boca arriba descubriéndose el vientre y la madre untaba la piel con un poco de manteca de cacao, aceite de comer o alcohol alcanforado para que el vaso resbalara bien. Luego, sobre una moneda grande fijaba un pedacito de vela encendida y la ponía sobre el ombligo. Inmediatamente colocaba un vaso de vidrio grueso transparente boca abajo, cubriendo la vela.
El fuego consumía rápidamente el oxígeno dentro del vaso y se apagaba. Esto creaba un vacío que succionaba la piel y el músculo del abdomen hacia adentro del vaso, levantándolo notablemente. Una vez que el vaso estaba firmemente «pegado» por la succión, la madre lo desplazaba suavemente en círculos sobre el vientre, estimulando la circulación sanguínea y relajando los músculos contraídos a fin de provocar la expulsión inmediata de los gases atrapados.
Para el caso de las mujeres parturientas, en ciertas casas se cumplía un ritual riguroso. Lo primero que se hacía era encortinar con un toldo la cama, en la cual debía permanecer cuarenta días con una dieta a base de gallina runa. El fajado del abdomen y las caderas con una sábana blanca de algodón ayudaba a que la parturienta no quede barrigona, pero sobre todo porque se consideraba que contribuía, literalmente, a «recoger» los órganos y devolver los huesos de la pelvis a su lugar original.
Para aumentar la producción de leche materna se utilizaba la hoja de Paraguay, conocida también como hoja de mate; y, para “apurar” la bajada de la leche madura en los primeros días se le daba infusiones de “Hinojo” endulzadas con panela.
Aquellos tiempos inolvidables en que nuestras madres se dedicaban por entero a cuidar la salud y el bienestar de sus hijos ya no volverán, pero nos queda el tesoro infinito de sus saberes. Ellas no solo curaban el cuerpo con las plantas del mercado o con sus procedimientos caseros, sino que aliviaban el alma con su presencia, dejándonos un legado de sanación que el tiempo jamás podrá borrar.
