Diego Lara León
En Ecuador en 1950, la esperanza de vida era de apenas 46,1 años para los hombres y 48,5 para las mujeres. Para 2022, había subido a 72,9 años en los hombres y 80,5 en las mujeres; el promedio nacional alcanzó los 76,7 años. Es decir, en siete décadas el país ganó cerca de tres décadas de vida de sus habitantes.
Esta, sin duda, es una buena noticia, vivimos más porque disminuyó la mortalidad infantil y mejoró la medicina, la vacunación, la atención materna, los antibióticos, la nutrición, la educación, el acceso al agua potable y la capacidad de diagnosticar enfermedades. En 2024, la mortalidad infantil se situó en 8,9 fallecimientos por cada 1.000 nacidos vivos. Hace algunas generaciones, muchas personas no llegaban a la edad adulta; hoy sobreviven más niños y más adultos alcanzan edades avanzadas.
Pero todo este éxito demográfico genera nuevas responsabilidades. El Censo de 2022 contabilizó 1.520.590 ecuatorianos de 65 años o más, equivalentes al 9% de la población. Las proyecciones del INEC señalan que la población adulta mayor podría triplicarse hacia 2050, para entonces existirán 125 personas mayores de 60 años por cada 100 menores de 15; actualmente son aproximadamente 39. Ecuador dejará de ser un país predominantemente joven y se convertirá en una sociedad madura.
El cambio será más acelerado porque también nacen menos niños. En 2024 se registraron 215.714 nacimientos, 23.963 menos que en 2023. La fecundidad cayó a 1,86 hijos por mujer en 2022, por debajo del nivel necesario para reemplazar a la población. Esto significa menos estudiantes en el futuro, pero también menos trabajadores, contribuyentes y afiliados financiando pensiones y servicios públicos.
La primera presión recaerá sobre la salud. Vivir más no siempre significa vivir todos esos años con plena autonomía. Aumentarán las enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer, demencias, problemas renales y necesidades de rehabilitación y cuidados prolongados. El sistema deberá pasar de atender episodios agudos a acompañar pacientes crónicos durante diez, veinte o más años. Se necesitarán más geriatras, enfermeras, cuidadores, medicamentos, centros de día y atención domiciliaria. Las enfermedades no transmisibles ya representan aproximadamente el 62% de las muertes estimadas en Ecuador.
La infraestructura tampoco está preparada. Las ciudades diseñadas para personas jóvenes, se deben incorporar aceras seguras, rampas, ascensores, transporte accesible, iluminación, parques, viviendas adaptadas y redes de agua y saneamiento confiables. El reto es mayor porque, según el INEC, el 39,8% de la población todavía presentaba al menos una necesidad básica insatisfecha en 2022, y la calidad y los servicios de la vivienda constituían el principal componente del problema.
El envejecimiento también transformará los hogares. Familias más pequeñas tendrán que cuidar durante más tiempo a padres y abuelos, mientras trabajan y sostienen sus propios gastos. Sin una política nacional de cuidados, esa responsabilidad recaerá principalmente sobre las familias, afectando su disponibilidad laboral, sus ingresos y su productividad.
La mayor alarma está en la seguridad social. Al cierre de 2024, el IESS reportó aproximadamente 3,8 millones de afiliados activos y 891.416 pensionistas: alrededor de 4,3 afiliados por cada pensionista. Además, solo en 2023 pagó USD 4.953 millones en jubilaciones y durante 2024 destinaba más de USD 414 millones mensuales al pago de pensiones. Si crece el número de jubilados y disminuye proporcionalmente la población trabajadora formal, la ecuación, se volverá más temprano que tarde, insostenible. El modelo de seguridad social debe cambiar, como ya está cambiando en otros países. El fenómeno de longevidad, no es exclusivo de Ecuador, está sucediendo en todo el mundo.
Vivir más no debe ser un problema, sino un derecho que exige planificación. Ecuador necesita formalizar el empleo, ampliar la base de aportantes, fortalecer la prevención sanitaria, promover el ahorro previsional, desarrollar servicios de cuidado y rediseñar sus ciudades. La longevidad será una bendición si el país toma decisiones ahora; si posterga las reformas, los años ganados por las personas se convertirán en décadas de presión para el Estado y las familias. Ya estamos viviendo más, procuremos que esos años también vivamos mejor.
@dflara
