Cuidarse también es cuidar país

Fernando Cortés

La salud mental suele tratarse como un asunto privado. Sin embargo, lo que no resolvemos dentro rara vez permanece allí. Se filtra en la forma en que tratamos a nuestros vínculos, pareja, familia, amigos, conciudadanos. Por eso, cuidar la salud mental no es solo una decisión personal: es una responsabilidad cívica.

Aristóteles nos hablaba de la eudaimonía (traducida como felicidad o florecimiento humano) que no es un placer, sino como una vida orientada por la virtud.

Vivir bien significaba actuar bien. Nadie actúa bien en soledad: la vida buena se construye con otros, en comunidad.

Cuidarme me permite sentirme mejor, pero también relacionarme mejor. Si gestiono mis emociones con conciencia, es menos probable que descargue sobre los demás aquello que no he trabajado en mí. Puedo aprender a poner límites sin humillar, estar en desacuerdo sin buscar destruir, hacer de la empatía una guía política. Por eso me gusta hacer ejercicio, leer filosofía, meditar, ir a terapia: no para buscar perfección, sino para evitar que mi malestar gobierne mis actos. Esto tiene consecuencias públicas. Si me siento mejor, tengo más posibilidades de tratar bien a los demás. Si trato bien a los demás, construyo confianza. Donde hay confianza puede haber cooperación; donde hay cooperación, acuerdos; y donde hay acuerdos, puede comenzar una regeneración democrática.

Las democracias no se deterioran solo por instituciones débiles, sino también por la incapacidad de escuchar y la necesidad de convertir al diferente en enemigo.

Claro que sería cínico reducir la salud mental a voluntad individual. No se puede pedir “actitud positiva” a quien vive en pobreza extrema, trabaja de sol a sol y aun así no puede alimentar a sus hijos o comprar la medicina que falta en el hospital público. La salud mental tiene también condiciones materiales: empleo digno, seguridad, acceso a salud. Allí, la responsabilidad principal corresponde al Estado.

Pero quienes contamos con lo básico y podemos trabajar sobre nosotros mismos tenemos un deber. La transformación social presupone una transformación cultural, y esta comienza —aunque no termina— en la transformación individual. Como dice la canción: “Yo vengo a ofrecer mi corazón”
Cuidarme es cuidar mis vínculos, mi comunidad y mi país.