P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Uno de los relatos de la creación que aparecen en el libro del Génesis nos dice que Dios insufló en el hombre, Adán, el aliento de vida. En consecuencia, la vida espiritual del ser humano alimenta sus acciones y fortalece la relación íntima con la trascendencia. Todo cuanto realiza el hombre tiene sus implicaciones en las circunstancias que determinan su modo de vivir. Dios le dotó de memoria, inteligencia y voluntad. Disfruta del don de la libertad; tiene capacidad para discernir aquello que lo aparta de caer en las garras del mal. De hecho, el mundo cristiano sufre en estos días el dolor de la profanación de un Templo en Medjugorie y la afrenta, con pintura satánica, a la imagen de la Virgen María. En estos hechos descubrimos una pobre economía espiritual.
Al respecto, la Palabra de Dios en este domingo nos introduce en el corazón de un Dios, muy sencillo y cercano, puesto que nos recrea una presencia coloquial en medio de su pueblo: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua, y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar”. En cada gesto, la alegría divina sella una alianza perpetua. Dios cumplirá todas las promesas que hizo a sus antepasados, de modo puntual al rey David. El requisito básico para fortalecer un pacto de amor es la voluntad para escuchar y obedecer. Nos encontramos con una invitación a la renovación espiritual de la vida interior. Dios quiere que su pueblo vuelva a Él, que abandone su lugar de confort que lo ha dejado vacío. Les ha preguntado: “¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario en lo que no alimenta?”. Nos interpela.
El autor del salmo 144 profundiza en la gratuidad de un Padre lleno de misericordia: “Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores”. El Señor es bueno con todos, su amor se extiende a todas sus criaturas. La misericordia de Dios, eterna como la grandeza que inunda su corazón, la vivimos en su Hijo, muy amado, Jesucristo. Él vino para llevarnos por el camino de la salvación, a través de la cruz, a la plenitud de la resurrección. La carta a los Romanos, un tratado teológico de mucha profundidad, recuerda la riqueza de un amor sin límites. Para san Pablo nada ni nadie “podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús”. Jesucristo, plenitud de la Revelación, comparte su existencia con personas humildes. Él ama y cuida a las ovejas que no tienen pastor; sana a los enfermos, alimenta a la multitud con el pan que sacia su hambre, consuela a los afligidos.
El relato de la multiplicación de los panes y pescados anticipa la llegada de un reino de paz y justicia, prefigura la Eucaristía. Jesús, en la Última Cena, se entrega a sí mismo como el verdadero pan de vida para su pueblo. En este contexto, Jesús establece los fundamentos de la ética, la solidaridad y la responsabilidad. Su mensaje nos llena de fortaleza; remueve los cimientos de los corazones que endurecen la convivencia fraterna. Jesús quiere que vivamos como seres humanos.
