Diego Lara León
A lo largo de los años, gobiernos, empresas y organismos internacionales han utilizado el crecimiento económico como una de las principales medidas del éxito de un sociedad. Cuando aumenta el producto interno bruto, suben las exportaciones, crece la inversión o se incrementa el consumo, se afirma que la economía avanza. Sin embargo, crecer no es necesariamente lo mismo que desarrollarse. Una economía puede producir más riqueza y, al mismo tiempo, mantener elevados niveles de pobreza, desigualdad, desempleo e inseguridad.
El crecimiento económico se refiere, esencialmente, al aumento de la producción de bienes y servicios. Es una medición cuantitativa. Si un país produce más petróleo, exporta más productos, construye más viviendas o vende más servicios, su economía crece. Este crecimiento es importante porque permite generar ingresos, recaudar impuestos, atraer inversiones y ampliar las oportunidades empresariales. Sin crecimiento, resulta difícil financiar educación, salud, infraestructura o programas sociales.
Pero el desarrollo va mucho más allá. El desarrollo económico y social implica que la riqueza generada se traduzca en una mejor calidad de vida. Se refleja en empleos dignos, educación de calidad, servicios de salud accesibles, seguridad, vivienda adecuada, movilidad, conectividad, protección social y oportunidades reales para progresar. El crecimiento mide cuánto produce un país, el desarrollo analiza cómo viven sus habitantes.
Un territorio puede experimentar un importante crecimiento gracias a la explotación de recursos naturales, pero si esa riqueza se concentra en pocas manos, si no se genera empleo local o si las comunidades cercanas continúan sin agua potable, carreteras o centros de salud, existe crecimiento, pero no verdadero desarrollo.
Lo mismo ocurre cuando una ciudad construye grandes edificios, centros comerciales y urbanizaciones, mientras aumenta el trabajo informal y miles de familias carecen de ingresos suficientes. La infraestructura puede mostrar modernización, pero el desarrollo requiere inclusión. No basta con observar las nuevas construcciones, también es necesario analizar quiénes se benefician, cuántos empleos se crean, qué salarios se pagan y si las oportunidades llegan a todos los sectores.
Desde el punto de vista empresarial, la diferencia también es evidente. Una empresa puede aumentar sus ventas, abrir nuevas sucursales y captar más clientes. Eso representa crecimiento. Pero si no fortalece su talento humano, no innova, no mejora sus procesos, no desarrolla proveedores y no genera confianza, su expansión puede ser frágil. El desarrollo empresarial supone construir capacidades sostenibles, fortalecer la gobernanza, elevar la productividad y crear valor para trabajadores, clientes, accionistas y comunidades.
En el ámbito social, el desarrollo significa ampliar libertades y oportunidades. Una persona se desarrolla cuando puede acceder a educación, elegir un empleo, emprender, cuidar su salud y construir un proyecto de vida. El ingreso es importante, pero no suficiente. Una familia puede ganar más dinero y, aun así, enfrentar inseguridad, contaminación, mala atención médica o servicios públicos deficientes.
Por eso, las políticas públicas no deberían limitarse a buscar que la economía crezca. Deben procurar que el crecimiento sea inclusivo, sostenible y territorialmente equilibrado. Esto exige inversión en educación, infraestructura, innovación, seguridad y protección social. También requiere mejorar la institucionalidad, combatir la corrupción y generar condiciones para que empresas y emprendedores puedan producir, invertir y crear empleo.
Una economía verdaderamente exitosa no es únicamente aquella que aumenta su producción, sino aquella que logra que ese progreso llegue a las familias, transforme comunidades y construya un futuro con mayor dignidad, productividad y esperanza.
Finalmente, les recuerdo que no existe desarrollo, sin que antes se genere crecimiento, pero puede haber crecimiento sin que llegue a convertirse en desarrollo.
@dflara
