No basta

“Traerlos al mundo porque es obligatorio,

Porque son la base del matrimonio

O porque te equivocaste en la cuenta…

No basta…”

Elena Carrión

Franco De Vita, con un tema que invita a reflexionar sobre una realidad que continúa vigente: traer un hijo al mundo puede ser uno de los acontecimientos más importantes de la vida, pero convertirse en padre y madre no termina con el nacimiento; es el inicio de una responsabilidad que acompañará cada etapa de su crecimiento.

Tener hijos implica mucho más que proporcionarles alimento, vestimenta, educación o comodidades. Todo ello es necesario, pero la formación de una persona exige tiempo, atención, respeto, comunicación, compromiso… Significa escuchar cuando existe un problema, orientar cuando aparecen dudas, corregir cuando se comete un error y acompañar sin impedir que, poco a poco, aprenda a desenvolverse por sí mismo.

La familia constituye el primer espacio donde se aprenden valores y formas de relacionarse con los demás. La escuela aporta conocimientos y contribuye a la formación integral, pero no puede sustituir aquello que debe construirse en el hogar. Los docentes pueden enseñar, los abuelos pueden ayudar y la tecnología puede convertirse en una herramienta útil; sin embargo, ninguna de estas alternativas debería convertirse en sustituto de la responsabilidad de quienes decidieron ser padres.

El tiempo tampoco debería medirse únicamente por la cantidad de horas compartidas. Hay padres que trabajan largas jornadas para garantizar el bienestar de sus hijos y, aun así, consiguen estar presentes en aquello que verdaderamente importa. Una conversación, una pregunta, una palabra de orientación o la disposición para escuchar pueden tener más significado que cualquier objeto material adquirido para compensar una ausencia.

Las enseñanzas más profundas no siempre se encuentran en las palabras. Los hijos observan cómo sus padres enfrentan los problemas,  el comportamiento dentro y fuera del hogar,  si cumplen sus compromisos,  como tratan a los demás y reaccionan ante los errores. De poco sirve exigir responsabilidad si quienes educan y enseñan evitan asumir la propia; tampoco resulta coherente hablar de respeto cuando en casa predominan los gritos o la descalificación. El ejemplo cotidiano termina siendo una de las lecciones que más permanece.

Nadie nace sabiendo ser padre o madre. La crianza está llena de dudas, equivocaciones y aprendizajes. No se trata de exigir perfección, sino conciencia; reconocer un error, pedir disculpas y rectificar también constituye una forma de enseñar. Lo verdaderamente preocupante no es equivocarse, sino renunciar a la responsabilidad de formar.

Al final, los padres deben preguntarse qué clase de personas están formando y si aquello que hoy enseñan les permitirá a sus hijos enfrentarse a la vida con  criterio, dignidad y sobre todo con respeto a sí  mismo, ya que traerlos al mundo es el comienzo de una historia, pero acompañarlos y prepararlos para vivir  es el verdadero compromiso de una paternidad responsable, porque “la vida cada vez es más dura….”