Primero yo, después ya veremos…

Elena Carrión

Atender las propias necesidades no es egoísmo. Cada persona tiene derecho a cuidar de sí misma, proteger su bienestar, perseguir sus sueños y poner límites cuando sea necesario. El problema comienza cuando el “yo” ocupa tanto espacio que ya no queda lugar para mirar al otro.

“Primero yo, después ya veremos…” puede parecer una frase inofensiva. En determinadas circunstancias, incluso puede ser razonable. No siempre es posible resolver los problemas de todos ni cargar con las dificultades ajenas. Sin embargo, cuando se convierte en una forma habitual de relacionarse, termina justificando la indiferencia frente a quienes necesitan una palabra de apoyo, una mano o simplemente alguien dispuesto a escuchar.

La vida cotidiana ofrece escenas que dicen mucho: alguien atraviesa una dificultad y pocos se detienen a preguntar qué sucede. Una persona mayor necesita ayuda y quienes pasan cerca prefieren continuar su camino. Un compañero enfrenta un momento complicado y, en lugar de escuchar, algunos cambian de tema. No siempre existe mala intención; a veces hay prisa, cansancio o preocupaciones propias. Pero cuando mirar hacia otro lado se vuelve costumbre, termina pareciendo normal.

Detrás de cada persona existe una historia que los demás desconocen. Una sonrisa puede ocultar tristeza; una aparente fortaleza, miedo; una actitud distante, una herida que aún no cicatriza. Nadie conoce por completo las batallas que libra en silencio.

Pensar únicamente en las propias necesidades puede empobrecer incluso aquello que se pretende alcanzar. El éxito, la comodidad o el bienestar pierden parte de su sentido cuando se disfrutan a costa de la insensibilidad. Tener más no necesariamente significa vivir mejor si se ha perdido la capacidad de compartir, agradecer o conmoverse ante el dolor ajeno.

La empatía y la solidaridad se aprenden primero en el hogar. Allí, mucho antes de comprender el significado de palabras como respeto, protección o consideración, los niños observan las conductas de quienes los rodean. Aprenden de la manera en que tratan a sus semejantes, de cómo se responde ante quien necesita ayuda y de la importancia que se concede al sufrimiento de los demás. Por eso, enseñar con el ejemplo siempre tendrá más fuerza que hacerlo únicamente con palabras.

Después, la escuela tiene la responsabilidad de fortalecer esas enseñanzas. Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. También implica formar personas capaces de convivir, respetar las diferencias, resolver conflictos sin violencia y comprender que cada acción tiene consecuencias sobre quienes las rodean.

La sociedad, finalmente, pone a prueba lo aprendido. Es allí donde cada persona decide qué lugar ocupa el otro en su propia vida.

Al final, la vida no preguntará cuánto se consiguió, cuánto se tuvo o cuánto se hizo. Quizá la pregunta sea cuántas veces se prestó atención a quien necesitaba ser escuchado, cuántas veces se acompañó a quien se sentía solo y cuántas manos se tendieron cuando nadie más parecía dispuesto a hacerlo.

Porque nadie necesita estar completamente bien para ayudar a otro a levantarse. Quizá ser humano no consista en vivir sin heridas, sino en conseguir que las propias no nos hagan olvidar el dolor de los demás.