Efraín Borrero Espinosa
La reciente partida de Byron Eguiguren Ordóñez, ocurrida el once de septiembre de 2026, a los noventa y cuatro años de edad, en una villa del condado de Cook, Illinois, Estados Unidos, deja un profundo vacío en Loja su tierra natal, pero también un eco eterno de inspiración. Como el primer lojano con discapacidad visual en acceder a la educación formal, Byron no permitió que las sombras dictaran su destino; al contrario, transformó sus circunstancias en un elocuente testimonio de su capacidad para adaptarse a situaciones adversas.
Su historia no es solo la crónica de un logro personal, sino el relato de un pionero que abrió los ojos de toda una sociedad hacia la verdadera inclusión. Su legado imperecedero desafía a las futuras generaciones.
Nació el veinte y ocho de junio de 1932, hijo de Luis Emilio Eguiguren Burneo y Dolores Ordóñez Ordóñez, una educadora con quien compartió no solo el vínculo familiar sino también la vocación por la enseñanza inclusiva.
En el obituario publicado en los Estados Unidos, en el que consta su trayectoria de vida y cuyo texto me fue posible conocer gracias al generoso apoyo de mi apreciado amigo Hernán Eguiguren Pozo, se destaca que era especialmente resiliente, inspirador, honorable y con una mentalidad cívica. Un verdadero estudiante de la vida, un católico devoto y un amigo solidario para muchos a lo largo de los años.
Su infancia estuvo marcada por una aguda percepción de los sonidos, las texturas y una curiosidad intelectual insaciable. En un entorno donde la ceguera solía confinarse al aislamiento doméstico, él decidió caminar en dirección contraria.
Sus primeros años de estudio fueron un acto de absoluta rebeldía contra el destino preestablecido. Al no existir escuelas adaptadas ni textos en sistema Braille en Loja, su aprendizaje inicial dependió enteramente de la oralidad, la memoria prodigiosa y el apoyo incondicional de su entorno familiar. Asistió a las aulas comunes donde captaba cada lección de los maestros con una nitidez asombrosa. Mientras otros niños dependían del lápiz y el papel, él configuraba el mapa mental exacto de las ciencias y las letras.
Esta etapa formativa en Loja no solo forjó su intelecto, sino también su carácter. Su vida demostró que las limitaciones físicas no determinan el potencial de una persona, abriendo camino para que las futuras generaciones con discapacidades visuales tuvieran acceso a una existencia digna y participativa.
Mi tía Matilde Cueva Espinosa me comentó que conoció a Byron desde que eran niños; más tarde se volvieron a encontrar en Guayaquil. «Era de una personalidad encantadora, imposible olvidarlo».
Con la seguridad de su inteligencia y de su capacidad de superación, la familia consideró conveniente que Byron se formara en el exterior. Así ocurrió en 1956 tras ganar una beca que le llevó al Instituto de Educación de Ciegos de Nueva York, lo que le permitió estudiar en el Brooklyn College y en la Universidad de Siracusa. Allí se integró a los modelos de vanguardia que transformaban la educación de las personas no videntes en el continente.
Byron no solo aprendió a leer y escribir mediante el sistema Braille tradicional, sino que se especializó en musicografía Braille y en la ejecución del piano. La música se convirtió en su segunda lengua y en una herramienta pedagógica vital, ya que también tocaba la guitarra, el acordeón y la armónica.
Su nivel de preparación fue tan alto que dejó de ser un simple estudiante para convertirse en un referente técnico regional. Participó activamente en la unificación de los sistemas de tiflología (ciencia que estudia las condiciones de las personas con discapacidad visual) y de la taquigrafía Braille para Hispanoamérica, ganándose el respeto de educadores de todo el continente.
Tras regresar a Ecuador organizó el Consejo para Ciegos del país y trabajó para ayudar a aprobar leyes que ayudaran a los ciegos en la rehabilitación, la salud y el empleo. Una vez que se graduó en la Universidad de Guayaquil, ganó una beca que le llevó a él y a su esposa Jenny Eguiguren a sus estudios de posgrado en Alemania, y fue la primera persona ciega en estudiar en el Instituto Goethe, cerca de Múnich.
Para 1963, dominaba siete idiomas, lo que consolidó su carrera como lingüista, orientador y educador. Por decreto presidencial recibió la Medalla al Valor Cívico del Gobierno ecuatoriano en 1968, que le nombró «Ciudadano del Año». Una vez jubilado, siguió involucrado en diversas organizaciones de servicio social en beneficio de los ciegos.
Cuando Byron Eguiguren regresó a Loja, su mente y habilidades estaban completamente tecnificadas. Su logro fue demostrar a la sociedad lojana que la ceguera no anulaba la inteligencia ni la capacidad productiva de un ser humano, transformando por completo la percepción colectiva y sembrando la semilla para que el Club de Leones de Loja fundara la Escuela Especializada para Ciegos, que luego llevaría con orgullo su nombre.
Regina María González Ramírez, esposa de Carlos Francisco Loaiza Polo, ambos invidentes, recuerda que para la fundación de la Escuela de Ciegos la motivación y asesoramiento que Byron Eguiguren brindó al entonces presidente del Club de Leones de Loja, Julio Kaiser Ayora Sánchez, fueron determinantes.
Su hijo Erwin, además de ponderar la valiosa contribución de su padre al desarrollo comercial de Loja y la abnegada labor cumplida en el Club de Leones, corroboró esa información asegurando que gracias al apoyo brindado por Byron fue posible conocer las condiciones y los requerimientos materiales para el funcionamiento de una escuela dedicada a la formación de personas con discapacidad visual.
Kaiser Ayora, quien contó con el apoyo incondicional de Ethel Fetherly, una extranjera afincada en Loja y dedicada a su labor cristiana y de servicio social, cumplió fielmente las instrucciones de Byron Eguiguren, quien, entre otras cosas, recomendó realizar gestiones ante el Club de Leones de Nueva York para la dotación de equipos y material didáctico, como en efecto ocurrió corto tiempo después.
La Escuela para Ciegos del Club de Leones de Loja se creó formalmente en el último trimestre de 1966, sobre la base del Decreto Ley en favor de los ciegos promulgado el treinta y uno de octubre de 1966 en el Registro Oficial N° 151, durante el gobierno interino de Clemente Yerovi Indaburu.
Jorge Mora Ortega, quien tomó la posta de Kaiser Ayora, fungió como Director fundador y tramitó el primer nombramiento fiscal en favor de Víctor Lucio Soto Loaiza, un docente destacado por su abnegada labor.
Carlos Francisco Loaiza Polo también fue colaborador en calidad de Profesor Meritorio. Su condición de invidente jamás limitó su espíritu de superación hasta alcanzar el título de Licenciado en Ciencias de la Educación, Filosofía y Letras en la Universidad Nacional de Loja, lo que le permitió ejercer la docencia en varios establecimientos de educación media y el rectorado de la Unidad Educativa “Luis Braille”. Con sus setenta y ocho años de edad ha marcado una trayectoria de vida ejemplar en la que también se destaca su calidad artística, ya que desde niño se inclinó por la música cantando junto a reconocidos artistas lojanos y participando en renombrados festivales en Loja, Cuenca y Machala.
Asimismo, es justo reconocer la brillante trayectoria profesional de Jenny Alicia Samaniego Valarezo, quien durante más de 30 años en el Instituto para Ciegos “Byron Eguiguren”, que así se llamó después, hizo gala de su singular vocación de servicio educativo y el acompañamiento de personas con discapacidad visual en la ciudad de Loja.
Sin duda que el Club de Leones de Loja, una de las más representativas instituciones privadas de servicio social de nuestra provincia, ha jugado un rol preponderante en el acceso a la educación de sectores discriminados. Recordemos que en 1955 fundó el Colegio Nocturno “Leones de Loja”, encomendando el rectorado al preclaro e ilustre maestro Carlos Manuel Espinosa Espinosa.
A lo largo del tiempo, alcaldes como Jorge Reyes Jaramillo han puesto su mirada en las personas con discapacidad visual. El veinte y dos de diciembre de 1992 creó el Centro Tiflocultural Municipal de Loja, fundado como Biblioteca Braille, convirtiéndose en una institución clave para la inclusión educativa y cultural. Elevado a su importante estatus actual el doce de diciembre de 2013 por el Cabildo Lojano, y ratificado el catorce de enero de 2014 por el alcalde Jorge Bailón Abad, ese Centro es hoy un pilar fundamental de educación y cultura para la comunidad con discapacidad visual.
La partida física de Byron Eguiguren Ordóñez consolida su estatus como un lojano ilustre cuya existencia transformó la historia social de Loja. Su mayor logro fue haber derribado los muros del prejuicio y demostrar que la luz del intelecto y la capacidad creadora no conocen de sombras. Hoy, el Instituto Especial Fiscal para Ciegos «Byron Eguiguren» es un tributo a su memoria y el testimonio vivo de la semilla que sembró en el corazón del Club de Leones y de toda Loja.
Byron Eguiguren Ordoñez no solo enseñó a ver el mundo con los ojos del alma, sino que obligó a una sociedad entera a mirar la discapacidad con los ojos de la dignidad, la justicia y el infinito potencial humano.
