Ahora traigo esta reflexión que nace de mis anhelos de darle voz al silenciado, corre octubre y ocurre que ya se ve ofrecer en nuestra ciudad las guaguas de pan y la colada morada. Recordemos que para los ancestros andinos la ‘colada morada’ fue un ritual sagrado del tránsito entre la vida y la muerte.
En ‘Los cuadernos de la tierra’ sobre la obra de Jorge Enrique Adoum, en el apartado III. Dios trajo la sombra, y en su Prólogo: Estirpe de Conquistador hay unos versos particularmente hermosos, que se relación con el tema que hoy comparto, estos versos dicen: “Mañana puede ser el último día, mañana / pueden mis huesos añadirle a las plantas / el maleficio inmemorial del hombre / muerto/.
El significado de beber colada morada es hondo, su hondura radica en establecer una conexión posible con los muertos. Mis fuentes primarias dicen que había una celebración llamada Aya Marcay Killa, que, según el calendario andino, coincide con el mes de noviembre, una época vinculada al inicio de la lluvia, bienvenida hacia la siembra. Pero el rito fue inicio de una visión Prehispánica, es decir, su origen al parecer se encuentra en las culturas preincásicas, como los Quitu-cara o los Puruháes (500 d.C – 1.500 d.C) pues, ya andaban suelo ecuatoriano.
El tipo de colada es simbólicamente la representación de la sangre, posiblemente la sangre del difunto y el viaje espiritual. El ritual exigía ese color obscuro intenso del maíz negro fermentado y hecho harina con los frutos silvestres del páramo. En Loja tierra de moras, la colada morada las incluye, pues con su color violeta hace un brebaje que intenta saludar a sus muertos. Beberla es en sí una inmersión absoluta con el ancestro, con la colada morada (yaba api original) el indígena de antes realizaba la incorporación física y espiritual, pues al tomar el brebaje que es la esencia de la tierra donde descansan los muertos, permitía que el ancestro entrara en el cuerpo del humano vivo, es decir el cuerpo del celebrante se convertía en un vehículo para que el espíritu experimente nuevamente el plano terrenal, este acto de comunión a través de beber el elixir morado, era unir esencias de la tierra y del espíritu.
Fue tan simbólico su uso y tan poderoso su repetición, que llegados los incas siguieron practicando este ritual y, con la colonización los españoles asimilaron la fiesta andina Aya Marcay Killa dentro de su calendario e introdujeron sus propios conceptos religiosos. En la tradición católica se simboliza el luto con el color morado, más allá ese mismo tono púrpura es un color litúrgico, y simboliza el arrepentimiento y la espera espiritual.
Pero aquella visión contenida en el rito de la ‘colada morada’ no solo es un intento simbólico de comunión, también es un intento de continuidad posible de lo humano. Pensemos en cuan poderosa ha sido la repetición, han pasado aproximadamente 1.500 años desde el origen del ritual, mucho vuelo, mucho cielo, pero las alas no se cansan, no se extinguen, siguen.
Entonces, el rito no es solamente un acto supersticioso o religioso, es más trascendental que aquello, es un legado y hermoso (también), porque tiene implícito una verdad, una visión, y algo que hace justicia a nuestros ancestros, porque permite revalorar su presencia en el mundo actual.
Si en la vida hemos pensado que el ancestro es alguien olvidado, si en nuestra historia hemos creído que nada tiene que ver con nosotros, con nuestro momento, aquí la verdadera sangre aún late. Este deseo de conexión con nuestros muertos, este deseo de homenajearlos, de comunicarnos, de establecer comunión no ha pasado y estremece, por eso creo que cuando bebemos la ‘colada morada’, cuando cumplimos la tradición, inconscientemente somos la visión ancestral y encarnamos ese proseguir humano posible.
