Elena Carrión
La infancia está cambiando delante de los ojos de una sociedad que parece haber aprendido a mirar sin ver, escuchar sin oír y callar cuando más necesario es hablar.
Hoy los niños crecen en un mundo distinto al de otras generaciones. Tienen acceso temprano a imágenes, conversaciones, contenidos y comportamientos que antes pertenecían al universo de los mayores. La tecnología puede abrirles una ventana al mundo, pero también conducirlos hacia lugares para los que todavía no están preparados.
Mientras los padres cumplen obligaciones, resuelven problemas y procuran brindar mejores condiciones de vida, muchos niños aprenden a crecer solos en medio de una multitud de voces digitales. Reciben respuestas inmediatas, pero no siempre encuentran a alguien que les enseñe a distinguir entre lo correcto y lo dañino, entre lo real y lo aparente, entre aquello que entretiene y aquello que termina deformando su manera de mirar el mundo.
Quizá ahí comienza una de las mayores contradicciones de esta época: se intenta proteger a los niños de los peligros de la calle, mientras se permite que algunos de esos mismos peligros entren directamente a sus habitaciones.
La sociedad observa cómo la inocencia se acorta y, muchas veces, permanece inmóvil. Se normalizan palabras, imágenes, comportamientos y formas de relacionarse que deberían despertar preocupación. Lo que ayer habría causado alarma, hoy parece simplemente parte de la época.
Pero no todo lo frecuente es correcto.
La infancia necesita límites, no para vivir aislada del mundo, sino para aprender a comprenderlo. Necesita personas capaces de decir “no”, incluso cuando resulte más fácil entregar un teléfono para evitar una discusión. Necesita presencia, no únicamente provisión; orientación, no solo libertad; afecto, pero también autoridad.
Necesita tiempo para aburrirse, jugar, equivocarse, imaginar, conversar y descubrir la vida sin sentir que cada instante debe ser mostrado, compartido o convertido en espectáculo.
Algo está fallando cuando un niño sabe manejar una pantalla mejor que una conversación; cuando conoce tendencias antes que valores; cuando busca aprobación de desconocidos antes que reconocimiento de quienes lo aman; cuando comienza a creer que existir significa ser visto.
No se trata de regresar al pasado ni de declarar una guerra contra la tecnología. Se trata de recordar que ninguna herramienta debería terminar educando en lugar de la familia, ni ningún algoritmo decidir qué valores acompañarán el crecimiento de un niño.
La responsabilidad comienza en el hogar, pero no termina allí. La escuela, la familia, los medios de comunicación, las plataformas digitales y la sociedad entera participan, de una u otra manera, en la formación de las nuevas generaciones.
Todavía hay tiempo para apagar una pantalla y encender una conversación; para recuperar una mesa familiar; para preguntar qué siente un niño antes de preguntarle qué hizo durante el día; para acompañarlo antes de que busque respuestas donde solo encuentre más preguntas.
Y quizá la pregunta más incómoda no sea qué están haciendo los niños, sino qué están haciendo quienes tienen la responsabilidad de guiarlos mientras ellos aprenden a hacerlo.
Porque la infancia no espera.
Todavía se puede cambiar el rumbo.
Pero el momento de hacerlo no será mañana.
Es hoy, antes de que sea demasiado tarde.
