Asir la utopía del ancestro

Por: Sandra Beatriz Ludeña Jiménez

Cuando miro al cielo, llamo tu utopía, cuando venero la lluvia en sequía, llamo tu utopía. En mi fe, cuando digo tendré y tengo, porque he leído el tiempo y comprendo su consecuente espacio para su no-lugar, atrapo la utopía. Cuando la única camisa lavada está segura ante el sol, pues camino sin signos de peligro, llamo tu utopía. Cuando no importa cuántos riesgos enfrente, porque hay conexión con algo Supremo, llamo tu utopía.

Cada idea que llega como una intuición, primero late y luego se razona, o quizá se razona en el ancestro y luego late en mi sentir. Decía mi abuelo José Plutarco Ludeña, que hay que enseñar a contar a la gente, para que esos cristianos cuenten historia en palabras.

Era de aquellos que enseñaba de forma simbólica, primero iba la promesa, como un “nunca es tarde para aprender”, y luego decía: “si sabes contar tus gallinas, luego contar los días de la semana, sabrás el número de huevos del día y de la semana. Si sabes restar huevos quebrados, malogrados, hueros y comidos por las gallinas mañosas y por las barrigas dadivosas y los descansos de gallinas perezosas, sabrás entender a cuánto equivale tu cosecha en un sucre, y luego cuántos sucres puedes convertir en alegría entre gallinas ponedoras y huevos. Lo que importa es que entiendas la combinación entre deseo y acción, y sepas juntar tu montoncito, luego los números son un ritmo, un proceso y un momento de encanto, que de día en día son costumbre y al fin, repetición”.

Así las fórmulas no eran complicadas, por eso era tan fácil aprender desde la ganancia en cosechas hasta la felicidad, claro que él también manejaba fórmulas más avanzadas, de químicos para ayudar a conseguir reacciones biológicas, sabía cómo carbonatar las dietas de gallinas de acuerdo a la temporada, decía: “no es lo mismo dar de comer en invierno que en verano, al verso y al reverso”.

Entre sus apuntes se ve una visión de lo no-visible y de lo invisible posible (como el contemporáneo cazar de neutrinos). Nada era imposible, solo poco conocido. Nada que no se pueda acercar, explorar, aprehender, de forma sistemática ir colapsando el tiempo, usando fórmula y lograr asir lo imposible. Y repetía: “para qué inventar los paños tibios, solo hay que empezar y repetir aprovechando la sabiduría de los ancestros inventores”.

Con esa filosofía visionaba, de pronto el mundo se podía asir. Le gustaba la revista Selecciones, de allí extraía ideas que observaba, adaptaba, estudiaba y concluía con una nueva fórmula o receta. Para él, la realidad era infinita, estaba en todas partes, en lo visible, lo no-visible y lo invisible. Pero esa realidad también era cambiante, se movía y era capaz de transformar nuestro instante en un cerrar de ojos, siempre y cuando, ese cerrar de párpados no dejara fuera lo que en sí nos muestra.

Decía: “Cuando no hay ni reales ni pesetas, hay ideas, palabras, conversación y miradas largas. Si quieres un techo, alimento y abrigo, busca a quién le sobra espacio, cosecha y leña, lee en sus gestos, su dialogar, su problema y trata de darle ideas y solución. Quédate, siempre con la última palabra de esperanza, muéstrale más que la realidad visible, di con confianza que hay otra, inmensa e invisible, dispuesta a darnos todo. Y que hay una ley más alta que es señorío y obra en todo lugar por diminuto que parezca, lo demás queda para físicos y matemáticos”.

Esta filosofía es la que me impregnó en mi adolescencia, cuando hice un poema que se titula “Una vez el amor”, dedicado a mi divinidad y mis ancestros, aquí comparto un pequeño fragmento: “Algo, alguien, / esencia que es suprema, / no deja de ser en todo, / su resplandor existe, / persiste /.   A veces, / manantial de espíritu reflejado en paisaje, / otras veces, lluvia, viento, mar, / un amor que trasciende sombras, / como luz, / noche que brilla en luciérnagas… /.  

Ahora, cuando los problemas se han vuelto astros, cuando las circunstancias a veces, me atan de pies y manos, no dudo en volver a las utopías de mi ancestro, entonces, encuentro una sombra firme que me cubre, confianza sobre la incertidumbre. Recuerdo su método, su sabiduría y la de otros, que ya hicieron camino. Así todo se allana, se convierte ante mis ojos. Y aunque las intrigas florezcan, yo voy segura, porque en el cielo, a mis lados, en frente, atrás, e incluso hasta donde piso, algo, alguien me sostiene.