Efraín Borrero Espinosa
Con justificada razón, los lojanos nos ufanamos de ser hijos de una tierra pionera, y con el orgullo en alto pregonamos hitos que marcan la historia nacional, como es el caso del colegio secular más antiguo del Ecuador: el emblemático Bernardo Valdivieso, cuya brillante trayectoria en la formación de juventudes camina a su tercer siglo de vida.
De nuestro suelo brotó la pluma del insigne Miguel Riofrío Sánchez, abogado, político, educador y poeta que inmortalizó el nombre de Loja al escribir LaEmancipada, la primera novela de la literatura ecuatoriana.
El 1 de abril de 1899, cuando se inauguró en Loja la primera planta de energía eléctrica del país para el servicio público, surgió un hito técnico por el cual hoy se conmemora, en esa misma fecha, el Día del Trabajador y de los Ingenieros Eléctricos en el Ecuador.
La ilustre lojana Matilde Hidalgo Navarro, desafiando las estructuras de su tiempo, abrió caminos de libertad al convertirse en la primera médica del país y en la primera mujer en ejercer el derecho al voto en América Latina.
Mirando hacia el comercio y la fe, recordamos que el Libertador Simón Bolívar, mediante decreto supremo de 1829, fundó la Feria de Loja, la más antigua de la república, que hasta hoy cobija a la imponente y multitudinaria romería de la Virgen del Cisne.
La Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) ha jugado un rol protagónico al revolucionar la academia con la institucionalización de la educación a distancia en el Ecuador, desde 1976, constituyéndose en pionera de este sistema de estudios.
En los actuales momentos se atribuye a Loja ser la capital eólica del Ecuador por sus centrales Villonaco I y III, y Minas de Huascachaca en la parroquia San Sebastián de Yuluc, Cantón Saraguro, evidenciando ser una tierra prodigiosa.
Finalmente, por votación unánime, el Pleno de la Asamblea Nacional declaró a la provincia de Loja como “Capital del Café del Ecuador”, en reconocimiento a sus dos siglos de tradición cafetalera, sus condiciones agroclimáticas excepcionales, la calidad internacional de sus granos y su liderazgo en prácticas sostenibles y agroforestales.
Sin embargo, entre tantos laureles históricos, hemos pasado por alto el cimiento de nuestra mayor identidad: el veinte y tres de septiembre de 1844 se estableció en el claustro del Colegio San Bernardo la primera Academia de Música del Ecuador. Este crucial acontecimiento rescatado por el eximio Máximo Agustín Rodríguez Jaramillo en sus “Apuntes para la Historia de Loja”, constituye el argumento de peso definitivo, la partida de nacimiento y el testimonio irrefutable de por qué, con absoluta justicia, Loja es la Capital Musical del Ecuador.
Ciertamente, el inmenso bagaje de autores, compositores, creadores, intérpretes, instrumentistas, arreglistas y directores musicales que Loja ha brindado al país a lo largo del tiempo, de los que abundantemente da razón Rogelio Jaramillo Ruiz en su magistral libro “Loja cuna de artistas”, sumado al ingenio de hombres como Agustín Carrión, quien, a principios del siglo XX asombró al mundo con el celífono, un revolucionario invento acústico para el piano, podría llevarnos a creer que ese inconmensurable talento es la única razón de nuestro título. Sin embargo, el motivo de fondo radica en su condición de pionera en la institucionalización del arte. Fue la creación de aquella primigenia Academia de Música la que otorgó a la provincia una ventaja cronológica de casi tres décadas en la formación técnica, laica y profesional de sus músicos frente al resto de la república.
No es una simple apreciación subjetiva, fue un hecho histórico medible. Mientras que en el resto del Ecuador la música seguía recluida en los coros de las iglesias o se transmitía de forma empírica y fragmentada, Loja elevó la música a la categoría de cátedra oficial en el claustro del Colegio San Bernardo durante el rectorado del ilustre médico y abogado, José Baltazar Carrión Torres, cuarto rector de ese plantel, quien fuera padre de Daniel Alcides Carrión García, héroe de la medicina peruana, a cuya insigne memoria la Academia Nacional de Historia del Ecuador, Capítulo Loja, dedicará un interesante simposio histórico binacional en el mes de noviembre venidero.
Según Máximo Agustín Rodríguez, la Academia de Música se regía por un reglamento especial que el Ilustre Concejo Municipal de Loja tuvo la delicadeza patriótica de formulárselo, integrando al colegio con los intereses cívicos de la ciudad.
Pero, lo fundamental es que el funcionamiento de la Academia fue aprobado mediante Decreto Ejecutivo de veinte y nueve de octubre de 1844, dictado por Juan José Flores, de quien José Baltazar Carrión Torres fue su incondicional aliado político, consolidando este proyecto musical como una entidad oficial avalada a nivel nacional, dándole permanencia legal y prestigio al plantel.
El maestro José María Cedillo, un destacado músico y pedagogo lojano de la primera mitad del siglo XIX, fue el primer director de la Academia de Música de Loja. Su nombramiento por parte de la Junta Administrativa del Colegio y la posterior apertura de la academia marcaron el inicio de la instrucción musical académica y formal en el Ecuador, superando la antigua enseñanza empírica o intuitiva.
Máximo Agustín Rodríguez asegura que la Academia “llegó a contar en ese mismo año con veinte y ocho alumnos, veinte de ellos internos y ocho externos. El veinte y seis de marzo de 1847 se la reorganizó por solicitud de la Junta Administrativa del Colegio, compuesta entonces por Agustín Costa, quinto rector del Colegio; del catedrático José María Ayala, y de José María Yunga, profesor de latinidad”.
Además, enfatiza la decisión de la Junta Administrativa de dar realce “de sana cultura y brillo a la mujer”, haciéndola partícipe de la música. El hecho de que se impartiera lecciones por las tardes a las señoritas de la sociedad lojana, fuera del horario formal del colegio masculino, refleja una libertad de cátedra y una dinámica social y laica muy avanzada para la época.
Otro aspecto que resalta, es la creación de la rama de bellas artes en el mismo claustro del Colegio San Bernardo, el dos de enero de 1849, considerando que era “gemela agraciada de la música”; campo en el cual las mujeres también participaron. Para este efecto se nombró profesor a José María Berrú, lojano benemérito y progenitor de artistas.
Antes de 1844 la música en la región se transmitía mayoritariamente de forma oral o por imitación en los coros religiosos. José María Cedillo implementó el estudio del solfeo, la lectura de partituras y la teoría musical como requisito obligatorio. Esto significó que los jóvenes lojanos empezaron a comprender la música como una ciencia y un arte formal, elevando técnicamente el nivel de los futuros compositores e instrumentistas de la provincia. Esta ventaja técnica permitió que la ciudad de Loja estuviera décadas más adelantada cuando el país entró al siglo XX.
Viene a la memoria mi distinguido maestro de música: Ángel Benigno Carrión Escaleras, quien recalcaba que el solfeo es el sistema de lectura, escritura y comprensión que enseña a entonar y medir las notas musicales respetando su ritmo y su duración.
Gracias al legado testamentario de Bernardo Valdivieso y al apoyo presupuestario del Municipio local, la educación musical lojana se financió a sí misma. Sobrevivió de manera autogestionada a las bancarrotas que paralizaban los proyectos culturales centralizados en Quito o Guayaquil. Es decir, Loja se convirtió en la capital musical porque diseñó, financió y ejecutó el primer sistema de educación musical formal de la república, convirtiendo el arte en una política pública local y en un rasgo de identidad comunitaria mucho antes de que el Estado central ecuatoriano fundara su primer conservatorio nacional.
Si comparamos este hito con las principales ciudades del país, la iniciativa lojana precedió por décadas a la institucionalización formal de la música en el resto de la república. Con relación a Quito, la escuela musical de Loja nació veinte y seis años antes que el Conservatorio de esa ciudad, fundado el veinte y ocho de febrero de 1870 bajo el mandato del presidente Gabriel García Moreno.
En las otras grandes urbes del país, la formación musical durante la década de 1840 continuaba bajo el esquema tradicional; esto es, dependía de la Iglesia (maestros de capilla) o de la herencia empírica familiar. Las academias y conservatorios en ciudades como Cuenca, Guayaquil o Riobamba no se consolidaron institucionalmente sino hasta finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.
La decisión del Ilustre Concejo Municipal de Loja, de la Junta Administrativa del Colegio San Bernardo y de su prominente rector, José Baltazar Carrión Torres, demostró que Loja no esperó las directrices ni los recursos centralizados de Quito para apostar por las bellas artes. Mientras el resto del país consideraba la música un oficio menor o puramente eclesiástico, Loja la elevó a la categoría de cátedra oficial y laica de nivel secundario. Este adelanto cronológico explica perfectamente por qué, cuando el resto del país apenas empezaba a fundar sus escuelas de música en el siglo XX, Loja ya cosechaba generaciones enteras de compositores e instrumentistas con sólidas bases técnicas, justificando el título histórico de «Capital Musical del Ecuador».
De la primera época de profesionalización iniciada en 1844 por José María Cedillo en las aulas del San Bernardo, surgió una brillante generación de compositores locales convirtiéndose en los progenitores de la música académica y popular de Loja. Entre los nombres más destacados están los de Teodosio Bustamante Vivar, padre de Salvador Bustamante Celi; Segundo Simón Rodríguez, Pedro Guarro, Miguel Agustín Cabrera, Segundo Simón Rodríguez y Segundo Abel Moreno. Este grupo sembró los cimientos para que la siguiente generación llevara a la música lojana a su máximo apogeo.
En conclusión, la declaratoria de Loja como Capital Musical del Ecuador es el justo reconocimiento a una hazaña colectiva y a una corona bien ganada. Por lo tanto, cuando en cualquier evento local escuchemos vibrar un violín, el eco de una banda musical o interpretar un pasillo, recordemos que esas melodías son el eco vivo de una historia que empezó a escribirse entre los muros del Colegio San Bernardo con tinta y partitura; Colegio que, desde el 5 de septiembre de 1902, por decreto del Presidente Eloy Alfaro, se erige con toda su grandeza como el emblemático Bernardo Valdivieso, orgullo de los lojanos.
Loja no es la Capital Musical del Ecuador únicamente por el talento innato de sus hijos, sino porque tuvo el coraje cívico de abrazar el arte como ciencia y patrimonio cuando la república apenas daba sus primeros pasos en ese intento.
