Poética de la esperanza

Por: Sandra Beatriz Ludeña Jiménez

Vengo ahora con una idea que se hilvanó en tiempos de infancia, cuando mi madre se desempeñaba como artesana. Crecí viéndola hacer sus puntadas sea a crochet o sea con agujas, mientras me cuidaba convertía los hilos de una hebra en madejas de dos hebras, escogiendo colores, combinando según su gusto y significado; me decía, nunca, pero nunca combines rojo con verde, el rojo tan sangre y el verde tan esperanza.

Como legítima hija de artesana conservo fresca la memoria, crecí entre tejidos y bordados, mi madre y sus pilares, cadenas, medios puntos, pilares cruzados, puntadas oblicuas y su discurso de vivir con dignidad. Hoy que la historia ha criado un mínimo de dignidad en la escasez, quiero enseñar esta muestra que contradice ese límite.

Era la década de los setenta u ochenta y mamá le gustaba los vestidos floreados, los colores vivos como un jardín encendido y portable, su falda de media campana o de campana entera, trazada por ella con entusiasmo y modelada con verdadero garbo. Era mamá y cuidadora, pero no solo del cuerpo-niño, también del alma.  Sabía hacer historias con cada flor de su jardín de labores, entre manos sabía acompañar con ternura, la vida era atender, comprender y conversar. De esas magistrales lecciones aprendí el sentido del paralelismo entre material vida y simbólica proyección, pues para ella, parecía todo ir equilibrado, así, de lunes a sábado se colmaba de labores entre sus quehaceres domésticos y artesanías, los domingos eran para Dios y para visitar la tumba de mi abuelo, llevándole azucenas blancas y amorosa intención.

Vida sencilla y disfrute limpio era también vida digna. Enseñarme los secretos para que los pilares sean bien rectos y los medios puntos no queden tan recortados. Buscar la forma para que las conchas embellezcan la prenda y los tejidos sean un abrazo tibio para el que ve, un disfrute largo al que porta, un deber cumplido y un esfuerzo por el otro, en quién se piensa primero, cuando se crea.

Esto es más que deshojar esperanzas, reivindicar la dignidad, mostrando el valor de las enseñanzas orales, los símbolos trasmitidos, las maneras de vivir, las prácticas, los secretos.  El sentido de toda esa memoria, que huele a flores recién traídas desde el campo lojano, me permite describir un tipo de dignidad en el disfrute, algo que cambia “la idea digna”.

Son otras formas de mirar, otras formas de preguntar ¿qué hacemos con esta utopía de vida digna? Pues, luchar contra la escasez no está al alcance del pequeño ciudadano, del artesano, del hombre o mujer de campo, pero, imaginar una dignidad posible, que se escape al derecho escrito y poco plausible. Imaginar otras formas de vivencia para trascender la precariedad o la escasez, ir más allá de la narrativa del dolor, para encontrar la verdadera profundidad de dignidad.

Quizá esta poética de esperanza es un camino que plantea otra forma de relacionarnos con lo cotidiano, y tomarnos de la mano para crear otro tipo de narrativas discursivas, habitar el tiempo de forma más sostenida en arte y, entender cómo cuando creamos para alguien más, trascendemos todo tipo de obstáculo.

Traigo aquí esta propuesta de tejido social ya no rectilíneo, sino como las puntadas de mamá, a veces, pilares rectos, otras veces, más cortos, entre aumento y disminución de lazadas, entre puntos cruzados y traspuestos, cadenas y engarzadas, la urdimbre toma forma, va creciendo, va haciendo belleza; y, al final, entre saberes compartidos: bordados, tejidos, memorias, creatividad, la vida digna posible está más allá de cualquier precariedad.