Galo Guerrero-Jiménez
Si la oralidad, la escritura y la lectura expuestas en los diversos medios tecnológicos que la humanidad ha venido desarrollando hasta hoy desembocar en la llamada inteligencia artificial generativa (IAG), siguen convirtiéndose en los pilares fundamentales del desarrollo humano y, fundamentalmente, humanístico, dado que, desde la abducción, la ontología, la metafísica, la estética, la axiología, la filosofía del lenguaje, entre otros elementos cognitivos, siguen siendo las formas de pensar y actuar más humanísticas que hasta hoy descansan hermenéuticamente en quien, desde la palabra en sus diversas modalidades, sigue haciendo el esfuerzo mental y físico que antropológicamente tiene para comunicarse, estudiar, trabajar, investigar y recrearse desde ese mismo lenguaje cuando se dedica a la ficción, al ensayo, a la ciencia, a la técnica y a la exposición creativa que en todos los niveles del conocimiento democráticamente actúan para tener acceso a la cultura escrita y a las distintas formas de expresión oral que conforman nuestra identidad común, sabiendo que hoy el planeta y, en especial, nuestra región, como sostiene Sergio Díaz-Granados (2026), enfrenta pérdidas de aprendizaje, desigualdades educativas, movilidad humana, exclusión social y una transformación acelerada de los entornos digitales.
Por lo tanto, bajo estos contextos preocupantes, es necesario seguir manteniendo, sobre todo, desde los sectores de la educación, la cultura, las artes y desde las humanidades en general, espacios, insisto, para la abducción, la ataraxia, la metafísica, la ontología y desde las mejores opciones de carácter político, tal como insiste Díaz Granados (2026), en donde la palabra en sus diversas expresiones pueda ser puente, memoria y posibilidad, donde leer, escribir y narrar nos ayude a reconocernos mejor, a dialogar más y a transformar nuestras sociedades desde aquello que nos una desde la comunión personal y comunitaria. O, como señala Mariano Jabonero (2026): “La lectura, la escritura y la oralidad constituyen prácticas fundamentales de la vida social. Más que competencias instrumentales son formas de inserción en el mundo, de construcción de sentido y de participación ciudadana. En este sentido, el acceso a la cultura escrita y oral debe entenderse como un derecho estructurante que habilita el ejercicio de otros derechos y contribuye a la reducción de las desigualdades sociales, educativas y culturales aún persistentes en Iberoamérica”, y en las diversas regiones del planeta que aún no han podido integrarse desde estos parámetros humanísticos para educarse desde formas de pensamiento cada vez más abductivo.
En este sentido, si la palabra se convierte en una práctica fundamental de la vida social en cuanto crea diversas formas de lenguaje entendidas como convivencia para una real antropología metafísica, ontológica e integralmente concebidas, el lenguaje abductivo es una propuesta social convocada desde la lectura, la escritura, la oralidad y el lenguaje analógico, para crear ambientes propicios desde una adecuada pragmática textual, que pueda adentrarse en los siguientes planos de reflexión que analiza el filósofo español Julián Marías (1970): metafísicamente, qué puedo saber; moral y axiológicamente, qué debo hacer, por qué; desde el plano de la religión, teológicamente qué puedo esperar; y, desde una antropología ontológica, qué es el ser humano, para qué está, qué hace y cómo debe vivir; máxime, como señala Jabonero (2026), si hoy vivimos inmersos en la inmediatez de las transformaciones tecnológicas, las cambios en los modos de producción, circulación y apropiación del conocimiento y en medio de desigualdades territoriales y sociales que exigen respuestas más complejas, integradas y sostenibles.
