Educación sí, domesticación no

Elena Carrión

Durante generaciones, se ha confundido la buena educación con la obediencia, el respeto con el silencio y la disciplina con la incapacidad de cuestionar. Así, muchas personas han aprendido a aceptar ideas ajenas y seguir caminos trazados por otros, sin preguntarse si responden a sus convicciones o a costumbres heredadas.

La diferencia es profunda: educar significa desarrollar el pensamiento, formar el criterio y preparar a las personas para tomar decisiones responsables; domesticar, en sentido figurado, significa acostumbrarlas a obedecer sin preguntar y a reproducir comportamientos sin examinar sus razones.

El problema aparece cuando se celebra a quien nunca contradice y se mira con recelo a quien se atreve a preguntar por qué. Se exige creatividad, pero se castiga la iniciativa que incomoda; se habla de libertad, pero se espera que todos piensen de la misma manera. De este modo, la formación pierde su propósito cuando prioriza la adaptación sobre la capacidad de comprender y mejorar la realidad.

Esta costumbre también se transmite de generación en generación. Se defienden ideas sin examinarlas, se conservan tradiciones por el simple hecho de ser antiguas y se confunde el respeto por el pasado con la obligación de mantenerlo intacto. Lo aprendido, en lugar de servir como punto de partida para nuevas reflexiones, termina convertido en una verdad incuestionable.

La educación auténtica no consiste en rechazar todo lo establecido, sino en desarrollar la capacidad de discernir, argumentar y decidir. Supone aprender a pensar, no solo a memorizar; preguntar para comprender, no por llevar la contraria; y reconocer los propios errores cuando existen razones para cambiar de opinión. La madurez no se demuestra defendiendo siempre las mismas ideas, sino teniendo la honestidad de revisarlas.

Sin embargo, ¿cómo puede una sociedad formar personas con criterio propio si, desde la infancia, premia la obediencia incuestionable y desalienta las preguntas incómodas? La respuesta comienza en el hogar. No basta con pedirles a los niños que sean responsables, respetuosos y honestos; es necesario que encuentren esas mismas cualidades en el ejemplo de los adultos. Educar también significa escuchar, admitir errores y permitir que las nuevas generaciones expresen sus ideas sin temor, aprendiendo a sostenerlas con argumentos y a reconocer los límites que exige la convivencia.

Los niños no son únicamente el futuro: son el presente que dará forma a la sociedad de mañana. Cada palabra, cada decisión y cada ejemplo contribuyen a formar su manera de comprender el mundo. Por eso, el cambio no puede aplazarse ni delegarse. Comienza ahora, en cada hogar, cuando se deja de exigir obediencia ciega y se empieza a enseñar a pensar con libertad y actuar con responsabilidad.

Porque educar no es enseñar a repetir el mundo tal como es, sino dar a cada generación las herramientas para comprenderlo y el valor para transformarlo.