OVEJAS SIN PASTOR

 P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Nuestra Iglesia ha celebrado el domingo anterior la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Nos hemos alimentado con el manjar sustancioso que fortalece la vida espiritual de quienes caminamos y anunciamos la Buena Noticia. En esta peregrinación hacia la Jerusalén del Cielo la liturgia nos invita a dar gracias a Dios por su presencia amorosa y la luz de su Palabra. El libro del Éxodo nos ubica en la realidad del pueblo de Israel que llega al desierto del Sinaí y acampa frente a un monte, lugar del encuentro con Yahveh, Señor de la vida. Moisés escucha la voz de Dios que lo llama para hablar.

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Jesucristo, rey del universo

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

El tiempo que vivimos tiene etapas y cada una de ellas conserva realidades, tan valiosas como un tesoro de incalculable valor. Los libros históricos de la Sagrada Escritura han reunido, para nuestro presente, variedad de acontecimientos: hechos, personajes, profecías, batallas, teofanías, que fortalecen la fe que nos acompaña. El libro de Samuel narra la unción de David como rey de todas las tribus de Israel. El Señor le había dicho: “Tú serás el pastor de Israel, mi pueblo. Tú serás su guía”. El pueblo, fervoroso y sabio, busca seguridad en la administración de sus bienes.

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¿Quieres ser sano?

En los tiempos de Jesucristo existía un estanque, “llamado en hebreo Betesda, el cual tenía cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.

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Escrito en el polvo

Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés a apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de ustedes esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

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