OVEJAS SIN PASTOR

 P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Nuestra Iglesia ha celebrado el domingo anterior la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Nos hemos alimentado con el manjar sustancioso que fortalece la vida espiritual de quienes caminamos y anunciamos la Buena Noticia. En esta peregrinación hacia la Jerusalén del Cielo la liturgia nos invita a dar gracias a Dios por su presencia amorosa y la luz de su Palabra. El libro del Éxodo nos ubica en la realidad del pueblo de Israel que llega al desierto del Sinaí y acampa frente a un monte, lugar del encuentro con Yahveh, Señor de la vida. Moisés escucha la voz de Dios que lo llama para hablar.

Debe transmitir a su pueblo un mensaje de fidelidad y esperanza: “Si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, aunque toda la tierra es mía”. Luego fortalece un pacto de amor eterno: “Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada”. Resuena en su voz y queda grabada en la memoria de los israelitas el Credo que fortalece su identidad: “Ustedes serán mi pueblo y Yo seré su Dios”. Yahveh habla a sus hijos como el Padre que los ama, cuida y guía todo el tiempo. El libro del Éxodo describe la imagen de un Dios creador y providente. Israel, pueblo elegido entre las naciones, conserva aquel escudo de grandeza y prosperidad. El autor del salmo 99 actualiza, con palabras de júbilo y gratitud, la muestra de predilección divina: “Reconozcamos que el Señor es Dios, que fue Él quien nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño”. El escritor sagrado subraya tres atributos de Dios: bondad, misericordia y fidelidad”. Yahveh ama, perdona y guarda eterna lealtad. San Pablo, en la carta a los Romanos, profundiza en una de las afirmaciones que tienen mucha actualidad: “La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores”.

El Apóstol destaca tres conceptos fundamentales para comprender las consecuencias de la muerte y resurrección de Jesucristo: justificación, salvación y reconciliación: “Si cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con Él por la muerte de su Hijo, con mucha más razón, estando ya reconciliados, recibiremos la salvación participando de la vida de su Hijo…también nos gloriamos en Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido la reconciliación”. La cruz de Jesús nos lleva a participar de su gloriosa resurrección. San Mateo recoge una de las narraciones en la que Jesús habla desde la profundidad de un corazón que ama a su pueblo: “Se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor”. Pide a sus discípulos que oren para que el Señor envíe trabajadores a sus campos.

La necesidad de contar con misioneros dedicados a evangelizar es una prioridad. Por ello, llama a los que Él quiere. Convoca a doce hombres sencillos, humildes y pecadores, a quienes les da poder y autoridad. En el mundo del anuncio del Evangelio hay que actuar con ideas claras. El Evangelio concluye con un mandato determinante: “Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo pues gratuitamente”. Somos discípulos y misioneros”.