El valor del optimismo en la crónica “San Francisco en Belén”

Luis Antonio Quizhpe

El optimismo es un valor que emerge desde la mente y rebasa lo emocional del ser humano que, por lo general, espera los mejores resultados posibles ante cualquier situación. Es la propensión a enfocarse en los aspectos favorables de la vida, actuando como el motor principal de la resiliencia y la confianza en sí mismo. El optimista está seguro que las cosas saldrán bien porque cree en sus habilidades para afrontar y modificar la realidad.

El optimismo es una propensión e inclinación a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable y positivamente. Pues, vence al desánimo, a la frialdad, a la dejadez. Es vital para conseguir los más altos propósitos, las nobles causas. Ayuda a superar adversidades, ver los problemas como desafíos superables y mantener el equilibrio emocional. El optimista es activo, trabaja con seguridad y sin descanso hasta conseguir sus propósitos.

Este valor vamos a descifrarlo en la crónica San Francisco en Belén, de nuestra autoría, publicada en el año 2008. Por el año 1941 la comunidad de Belén y barrios aledaños, sufría de una prolongada sequía, tan devastadora que todas las tierras y la vegetación quedaron convertidas en un erial. Ante el hambre y la miseria, los vecinos pensaron con firmeza en una solución: trocar a San Francisco, el santo de los pobres, traerlo en magna procesión hasta Belén y oficiar una misa campal con el curita Luis Florencio León, con la asistencia de gente de El Plateado, Borja, Alumbre y Consacola.

Los cabecillas y moradores de este barrio de Loja, tomaron tal iniciativa, frente a las circunstancias en que vivían, porque tenían fe y estaban muy seguros que San Francisco les haría el milagro. Llegó el día y la hora ansiada y mientras la muchedumbre ascendía en procesión al Plateado, coreando cánticos y oraciones, dirigidas por el padre León, cayó sobre la gente un tremendo aguacero con rayos y truenos, bañando a la comitiva y a todos los habitantes de las comunidades vecinas.

Quien pudiera creer, llovió porque llovió, claro porque cumplieron con todo lo planificado y sabían que “la fe mueve montañas”. Es decir, siempre fueron positivos, decididos; tenían confianza, ánimo, esperanza y jovialidad, en una palabra, fueron optimistas porque no se vieron vencidos ni se agobiaron frente a la adversidad de la naturaleza. Jamás demostraron desesperanza escepticismo, ni tuvieron desconfianza ni dudaron en la sinceridad de sus líderes y en la bondad de los poderes sobrenaturales.

Claro que el optimismo es contagioso. El ser positivo ante las situaciones complicadas se puede transmitir. De hecho, es tarea de los padres y maestros procurar que los hijos y los alumnos se desarrollen en un ambiente relajado, afectuoso y positivo. Así tendrán más motivación para luchar por sus sueños. Ojalá esta historia llegara a los lectores pesimistas a fin de que reflexionen y disfruten.