P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
El tiempo que vivimos tiene etapas y cada una de ellas conserva realidades, tan valiosas como un tesoro de incalculable valor. Los libros históricos de la Sagrada Escritura han reunido, para nuestro presente, variedad de acontecimientos: hechos, personajes, profecías, batallas, teofanías, que fortalecen la fe que nos acompaña. El libro de Samuel narra la unción de David como rey de todas las tribus de Israel. El Señor le había dicho: “Tú serás el pastor de Israel, mi pueblo. Tú serás su guía”. El pueblo, fervoroso y sabio, busca seguridad en la administración de sus bienes.
El gobierno de Saúl, primer rey, ha sembrado en ellos mucha desazón e inconformidad. La voluntad del pueblo, sagrada y respetable, debe cumplirse en un pacto, lleno de fe y solemnidad. David cumplirá gestas memorables. Sin embargo, como un rey temporal, cometerá errores y pecados. La expectativa mesiánica acompañará por los siglos de los siglos a este pueblo peregrino. De su linaje nacerá un rey eterno, misericordioso, obediente, pobre y profético: Jesucristo. David unificó a las doce tribus de Israel en un solo reino. Preparó a Israel para la edificación del Templo, pilar fundamental de su religión.
En el desarrollo de su identidad cultural, nacionalista y religiosa, aparecen autores que ensalzan su rica historia. Escribe el salmista: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor, y hoy estamos aquí, Jerusalén, delante de tus puertas”. Vibramos con esta sentida expresión de confianza y entusiasmo. El rey ha logrado instaurar la paz, para la felicidad de todos: “Por el amor que tengo a mis hermanos, voy a decir: la paz sea contigo. Y por la casa del Señor, mi Dios, pediré para ti todos los bienes”.
La profundidad de este canto de fe perdura en los corazones de los hombres de buena voluntad. Un judío, convertido y enamorado de Jesús, Pablo, va a compartir su espiritualidad, centrada en Aquél que le mostró el camino correcto, a muchas comunidades dispersas en el mundo: “Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque en Él tienen su fundamento todas las cosas creadas…”. Jesucristo, plenitud de todo, reconcilió consigo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y nos dio la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz. Todo tiene su razón de ser en un amor sin límites, fuerte y testimonial. El mensaje de Jesús, transmitido por los testigos de la naciente comunidad cristiana, llegó a Lucas, médico griego, misionero y literato. En el Evangelio que escribe, dirigido a destinatarios paganos, define la identidad del Rey de Reyes, y Señor de Señores.
La cruz en el Calvario, trono de Jesús, ilumina al mundo con el cumplimiento de la salvación. Las autoridades, soldados, criminales y malhechores crucificados junto a Él, lanzan improperios. Su lengua calumniosa pretende manchar la verdad, más clara que un sol de mediodía: su reinado. De los labios de un condenado brota la confesión, propia de un bienaventurado, magnifica e inmortal: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús responde, desde la herida de su costado atravesado por una lanza, su testamento de misericordia: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.
