Pensar en el otro y disminuir el loop del YO

Cuando hablamos del otro nos referimos a aquellas personas que son parte de nuestra cotidianidad, que están ahí de una u otra manera, bien sea de forma física o digital. El otro: esposo (a), hijo (a), compañero de trabajo, padre, vecino, amigo, excompañero o parte del grupo de redes sociodigitales ha estado invisibilizado desde hace mucho tiempo, solo aparecía cuando era coincidente o reafirmaba nuestro pensamiento, caso contrario, era expulsado.

El aumento irrefrenable de lo igual no solo homogeneiza la razón, sino que acaba invadiendo el inconsciente y establece, sin darnos cuenta, reglas que nos llevan a incluir dentro de nuestras redes sociales solo a personas similares, de gustos y pensamientos muy cercanos.

Lo igual no duele. Con lo igual no se sufre. La ausencia de dolor da paso al “me gusta”, y el “me gusta” es el alimento predilecto del igual. Pero, ¿quién nos ha dicho que el dolor no forma parte de la vida? Por esa razón, parecería que lo desconocido no tiene cabida pues nuestro horizonte de experiencias se vuelve muy estrecho y solamente se reproduce el YO, un incesante e indeterminable loop del YoLoop es una palabra que hace referencia a un proceso, sistema o estructura circular, la cual termina donde comienza, y viceversa.

En ese sentido es muy importante, de aquí en adelante, darnos el tiempo para pensar en el otro, en el distinto, en el diferente, tratando de vivir esa experiencia del encuentro con lo no común, que al final no es más que encontrarse consigo mismo. 

Aceptar al otro ayudará a acumular la experiencia y el valor de lo diverso.

En muchas ocasiones, “el otro” está dentro de la familia y, en lugar de aceptarlo por ser distinto, lo que hacemos es ponerle estereotipos: “oveja negra”, “el distinto”, “el raro”. Si así fuera, déjenme decirles que estamos perdiendo una experiencia valiosa de vida, de conocerlo y de que él nos conozca. ¡Es momento de revertir las cosas!