Hilvanes en la memoria

En esta ocasión propongo pues, a punto largo, preparar lo que quiero dejar cosido en la memoria. He tomado una hebra bien larga de hilo, he enhebrado la aguja y me dispongo a fijar en la memoria a manera de ensayo, luego el tiempo se encargará de fijar con costura definitiva.

Hay una hebra que viene de mi infancia, cuando las gallinas a más de huevos y carne, nos daban lecciones de vida, la gallina llevaba sus pollitos pequeños dirigiéndolos por los mejores senderos, entre la hierba, enseñaba a explorar, a escoger entre inmensidad de cosas inservibles lo rescatable, así, el ojo ampliaba conciencia de existencia y el pollo maduraba el crecimiento sin complicaciones. La memoria dice de aquellos tiempos que no son los mismos de ahora, el niño se pierde ante la inmensidad de datos del mundo virtual y el real, donde al igual que los polluelos somos novatos, pero, en el caso del ojo humano, más torpe para diferenciar entre lo que es valioso y lo inútil o corriente.

Esa misma hebra me conduce por tiempos de mi adolescencia, teníamos para entretenernos solo un radio marca Nivico, y aunque parecíamos familia pobre, nos enriquecía la cultura. Mi abuela adoraba la música, escuchaba pasillos como himnos, recuerdo que esas letras estrujaban el corazón, promovían el enamoramiento más profundo que el simple descubrimiento del cuerpo del otro. Fue así que di mi primer beso, con la solemnidad de escuchar uno de esos himnos y con los ojos cerrados, ¿cuánto he olvidado lo traumatizante que puede ser perder la inocencia? Mas, ahora parece descodificarse todo, el enamoramiento ha pasado de moda, no hay protocolo ni solemnidad alguna, menos sentimiento, lo que apremia es el instinto, y así lo más urgente es “coger”, y aunque un día, no quedará nadie para acordarse de la diferencia, entre hilvanes de antes y hoy, yo pretendo despertar ese registro colectivo de memoria.

Las mujeres de antes no eran tan letradas como en esta época moderna, no leían, no se cultivaban tanto, sin embargo, en la plaza, como en el barrio, en la bodega de abastos del mercado, como en la tienda y la panadería, no se permutaba solamente mercancías cuanto historias. Un intercambio mucho más activo era el de la gente de ese tiempo, una tradición que se realizaba oralmente, que promovía solidaridad, compenetración y responsabilidad social. No podría decirse que ahora ese ejercicio se haya perdido, pero, ya nadie habla de la historia de la vecina con la intención de buscar una solución para el resto.

Decir que la memoria es frágil es común, aunque en el fondo es vigorosa, por eso al realizar estos hilvanes, recuerdo cosas que aparentemente ya no existen, pero, perduran, recordar es un ejercicio que nos permite salvar el tiempo.