P. Milko René Torres Ordóñez
Nos recibe un tiempo litúrgico nuevo con varias connotaciones. Llega el Adviento cargado de esperanza y exigencias. Esta palabra, conocida y llamativa, despierta en nosotros muchos retos. Vivimos muy de prisa. Nuestras ciudades no pueden contener, ni detener, la estrepitosa vorágine del consumismo que atenta contra la dignidad de todos los seres humanos.
Es el momento de hacer algunas pausas para interrogarnos en torno a nuestro presente. ¿Qué sería de nosotros sin la guía de quien está a nuestro lado, al que vemos e ignoramos al mismo tiempo? Este Adviento, en la realidad actual, no puede ser igual al de años pasados. ¡Cuántas situaciones calcinaron la ilusión y los sueños de tantos hombres y mujeres de buena voluntad! Muchos sepultaron su identidad porque permanecieron desconectados de la vida divina. La voz del profeta Isaías se escucha en tono de júbilo: “Tú, Señor, eres nuestro padre. Tu nombre desde siempre es nuestro Libertador”. Su anhelo es desgarrador: “¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!”. El nuestro debe recoger este eco: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano”. Entre la poesía y la profecía pervive aquello que nos hace falta: la fe. El verdadero arte de creer. En el hombre de este tiempo parece que tiene poca significación la oportunidad de encontrarse consigo. La esperanza siempre está viva, aunque la infravalore con frecuencia. Nuestro Buen Dios nos ha dado la vida para cantarle e invocar su nombre. El profeta Isaías da muchos saltos a través de los siglos para llevarnos al encuentro del Hijo de Dios. Es Jesús de Nazaret. El Salvador. El mundo, así lo reconocemos, genera su verdadera historia con su venida. Es quien se comprometió con la máxima creación. Isaías es el único autor del Antiguo Testamento que se atreve a hablar de Dios como “nuestro Padre”. Cambia los paradigmas en el tiempo y en la historia. Ahora podemos comprender la importancia de un Adviento actual y renovador. Aprendemos que somos más de lo que somos, en cuanto hijos de Dios. El Apóstol Pablo, con una sensibilidad cristocéntrica supremamente arraigada en su yo, subraya la valía de su fortaleza para la misión en el mundo. Para san Pablo, el miedo no tiene razón de existir. Quien vive su vida en el Señor, la hace suya, y encarna su sentimiento, alcanzará el premio de la vida verdadera: “Él los mantendrá firmes hasta el final”. Jesús, según la perspectiva del Evangelio de san Marcos, nos pide serenidad. La “vigilancia” de la que habla con insistencia, es sinónimo de vitalidad. Estamos invitados a abrir las ventanas de nuestro espíritu para que penetre la belleza de la luz, que no es otra cosa que reconocer las huellas de nuestro Padre que vive junto a nosotros. Es el secreto de la vigilancia de cada cristiano. Estar despiertos implica reconocer que nuestra identidad, aunque aletargada, nos pertenece. La segunda venida de Jesús alcanza el nivel de un refrescante reencuentro con lo que somos y que responde a los interrogantes de nuestra existencia. En este nuevo amanecer, el Adviento, vamos a resurgir como la aurora de la esperanza cristiana. Estamos en las manos de Dios.
