Por: Sandra Beatriz Ludeña
Empiezo este comentario preguntándome ¿cómo cabe el infinito en un junco? Habría que hablar con Irene Vallejo sobre su obra “El infinito en un junco”, sin embargo, esa maravillosa obra que trata sobre los libros, nos ofrece un recorrido por la historia de ese fascinante artefacto inventado para que las palabras trasciendan las barreras físicas, y puedan viajar en el espacio y en el tiempo. La historia de su fabricación, de todos los ensayos a lo largo de casi treinta siglos: libros de humo, de piedra, de arcilla, de juncos, de seda, de piel, de árboles, y, los últimos tiempos, los llegados: de plástico y luz o electrónicos.
Realmente, sí cabe el infinito en un junco, por sus increíbles personajes, momentos, sentimientos, cosas que sucedieron hace siglos, abren sus puertas en páginas que muestran sucesos como la batalla de Alejandro y en la Villa de los Papiros bajo la erupción del Vesubio, en los palacios de Cleopatra y en el escenario del crimen de Hipatia, en las primeras librerías conocidas y en los talleres de copia manuscrita, en las hogueras donde ardieron códices prohibidos, en el gulag, en las bibliotecas de Sarajevo y en el laberinto subterráneo de Oxford en el año 2000.
Es un hilo que une el vertiginoso mundo contemporáneo con los clásicos, contándolos desde: Aristóteles y los procesos judiciales contra humoristas, Safo y la voz literaria de las mujeres, Tipo Livio y el fenómeno fan, Séneca y la posverdad.
Qué valiente es Irene Vallejo al proponer esta obra, que, sobre todo, es una fabulosa aventura colectiva, protagonizada por miles de personas que, han hecho posible un universo, inventando y protegiendo aquellos repositorios de la memoria, y sus extensiones como: narradores orales, escribas, iluminadores, traductores, vendedores ambulantes, maestras, sabios, esclavos, aventureros entre otros. Como un elenco de actores que actúan en concierto para dejar claro que el infinito somos todos.
Tales posiciones ocupadas por gente común que en muchos casos no registra la historia, esos salvadores de libros que son los auténticos protagonistas de ese ensayo grandioso llamado “El infinito en un junco”.
Confieso mi fascinación por el misterio del libro, su capacidad para transportar en el tiempo, como si nos tomara de la imaginación, para llevarnos a mundos desconocidos. Nunca olvidaré mi etapa de vendedora de libros, tan solo por leer obras, que de otra forma no estaban a mi alcance.
Fui parte de “Círculo de lectores”, desde esa trinchera, permanecí en vigía para admirar con empeño ese artefacto sutil y repleto de letras, donde una coma, puede llevarnos por senderos universales insondables. La verdad es que los signos inscritos sean en piedra, papel o luz, son el infinito en un libro.
