Por José Antonio Mora
Se acerca el fin de un ciclo, un año repleto de acontecimientos significativos en nuestra ciudad, en el país y, sin duda, en el seno de nuestras familias. Este momento invita a un ejercicio de introspección, a evaluar nuestras acciones y pensamientos, y a reflexionar sobre cómo hemos avanzado en la búsqueda de nuestra mejor versión.
La pregunta que surge es: ¿estamos realmente preparados para los nuevos desafíos que se presentan? Para responder, es esencial comenzar analizando los asuntos pendientes en nuestras vidas, y cuántas de las metas que nos propusimos han sido alcanzadas. A menudo, podemos caer en la procrastinación, albergando un falso y utópico pensamiento de que todo lo que anhelamos se materializará sin más. Sin embargo, alcanzar estas metas exige un análisis profundo de las circunstancias, nuestras capacidades y actitudes. En este punto, es crucial reconocer que el simple deseo no es suficiente sin acompañarlo de acciones concretas y oportunas.
En tercer lugar, nos hemos acostumbrado a imaginar futuros llenos de logros, reconocimientos y comodidades. En este contexto, es importante reflexionar sobre cuánto valoramos aspectos fundamentales como la salud, la familia y el tener un empleo. Debemos cuestionarnos cómo estamos educando a nuestros hijos para ser mejores personas en un mundo inclinado hacia la banalidad y la superficialidad. Es esencial acompañar nuestros deseos de éxito con un compromiso consciente hacia el trabajo, el desarrollo personal y espiritual, y una conexión con la fe, sea cual sea nuestra creencia religiosa.
Con estas palabras, espero que todos los lectores de este artículo reciban este mensaje con una mente y un corazón abiertos. El tiempo se nos escapa día a día. Hagamos de cada año y de cada nuevo día un acontecimiento memorable.
¡Feliz año nuevo!
