P. Milko René Torres Ordóñez
Enero, mes de compromisos, retos y sueños, empezó con noticias impactantes, hablando de temas personales. En la viña del Señor encontramos de todo, para todos los gustos. Es fácil hablar de la realidad de muchas personas que no se encuentran en nuestra orilla.
Sin embargo, debemos procurar navegar en su barca. Hace unas semanas, Sofía quemó sus naves en su tierra natal para viajar hacia un paraíso, el de los migrantes. Prefiero omitir mi opinión sobre el país de los sueños. Después de una extenuante travesía llegó a la garita de Lukeville. La antesala de un paso hacia su nuevo mundo. La vida continúa en medio de su lucha por anhelar ser lo que en su patria es. Un ser angelical. Al igual que ella, miles de familias piden una migaja de presente y de futuro. El Señor obra maravillas en los pobres de espíritu. El profeta Isaías, en el tiempo de exilio, recibió la misión de acompañar a su pueblo, de alentarlo con el testimonio de la esperanza: “Miren a mi Siervo, a quien sostengo, a mi elegido, en quien tengo mis complacencias”. La expectativa de una luz mesiánica. De una fuerza liberadora. De un amor oblativo. La necesitamos hoy en nuestro mundo. Continúa: “En Él he puesto mi espíritu para que haga brillar la justicia sobre las naciones”. El término “justicia” acentúa el resplandor de la santidad. Aquella que, al modo paradójico, brilla por su ausencia. Yace en la pobre memoria espiritual de quienes han sembrado semillas de miseria en un campo competitivo, suma de agendas genocidas. Fue mancillada. Hoy es una sombra que revolotea en los corazones de los pocos seres humanos que valoran su fe. “Promoverá con firmeza la justicia…no se doblegará hasta haber establecido el derecho sobre la tierra”. En la orilla del Jordán, emblemático e histórico, Alguien espera cruzar la frontera para llegar a instaurar un reino de justicia y paz. Juan el Bautista habla de un personaje poderoso, ante quien no merece ni siquiera inclinarse para desatarle la correa de sus sandalias. Resulta tan sintomático el recurso del lenguaje de una antinomia para resaltar su grandeza. Él es poderosamente humilde. El Siervo sufriente de quien habló Isaías. Hace unos días, nuestro rey eterno nació en un pesebre. Su palacio real fue un establo. Su corte de honor la conformaron sus padres, José y María. Unos cuantos testigos. Los pastores. La música celestial la entonó la sinfónica de los ángeles. Unos sabios de oriente, atestiguan con su viaje, presencia y ofrendas, su dignidad. Herodes, prototipo de los dueños del mundo, con odio y envidia, protagoniza la escena de un homicidio no consumado en Jesús. De una matanza universal. Del grito silencioso de miles de inocentes. En la orilla de este río, Jesús recibe la unción divina: “Tú eres mi hijo Amado; yo tengo en ti mis complacencias”. La voz del imperativo eterno reafirma la misión de quien amó más allá del amor. Perdonó, más allá de sus fuerzas humanas. Exhaló el aliento que nos mantiene vivos. Es el bautismo con el Espíritu Santo el que nos ubica en la orilla de la plenitud. El Buen Jesús acude a nosotros siempre.
