Diego Lara León
Viajar a Loja en el vuelo de mañana en cualquier día de la semana es un ejercicio social muy interesante, uno se encuentra con lojanos que buscan regresar a esta maravillosa tierra, otros que vienen a trabajar, de paseo, otros que preguntan, “¿el avión se mueve mucho?”, en fin, me gusta “madrugar” para cumplir aquella interesante aventura. En mi último viaje, coincidí con un conocido con el cual no habíamos conversado durante mucho tiempo. Como buenos lojanos, hicimos un repaso de varios temas, la salud, la política y los amigos. Me contó con tono de sorpresa e incredulidad que una persona conocida de él y buen amigo mío, había comprado una bonita casa en un lugar de alta plusvalía en Quito. Yo le expresé mi emoción, porque conozco a este amigo y sé de su trabajo, de su inteligencia y del esfuerzo que hace todos los días por crecer junto con su familia. “Que alegría” le dije, “él se merece eso y más”.
Mi comentario generó molestia extrema en mi contertulio. Me dijo que ¿cómo es posible que yo esté de acuerdo que él si pueda comprar una casa mejor que la de él y mejor que la mía?, si los 3 compartimos profesiones parecidas y somos contemporáneos.
Su comentario me hizo reflexionar en lo absurdo de pretender juzgar a las demás personas por como me va a mí, lo que yo tengo o el éxito que yo alcance. Siempre habrá personas mas exitosas y menos exitosas que yo. Que alguien sea más exitoso no es para nada malo, lo malo es odiar el éxito ajeno y también es malo alardear mi éxito a otros.
Una de las comunes formas de justificar que otra persona es más exitosa que yo, es descalificándolo. “De ley está en negocios raros”, “como así tiene dinero para comprar esa propiedad”, “seguro tiene ese trabajo por palancas”, son frases que se escuchan decir, lamentablemente de forma recurrente. Lo que no saben o no quieren saber es el esfuerzo, carencias y los problemas que tuvieron que superarse para llegar al momento actual.
No dudo que existan casos en los cuales haya malas prácticas para alcanzar logros profesionales y económicos, pero ¿por qué meter a todos en el mismo saco?, ¿acaso somos jueces? Un principio de convivencia dice que “todo mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario”, también hay un dicho que indica que “cada ladrón juzga por su condición”.
Al final concluí que mi interlocutor tenía envidia, y también algo de odio por lo que otro tiene y él no puede alcanzar.
El aterrizaje del avión en medio de los cañaverales, dio por finalizada esa rara y nociva conversación y apenas tuve señal, llamé a mi amigo, si, al “chinchoso” dueño de una linda casa nueva y lo felicité, obviamente me autoinvité para el “huasipichay” cuando vaya nuevamente a Quito. Me di cuenta que lo que uno da, es lo que tiene en el corazón, “no se le puede pedir peras al olmo”.
Soy un apasionado de la estadística y los números, por lo tanto, concluí que lo que me pasó con este conocido no es nada mas que la muestra de lo que pasa en la sociedad.
Estamos viviendo en una comunidad en la cual “todo mundo es culpable hasta que él demuestre lo contrario”, nos estamos acostumbrando a acusar solo por hecho de suponerlo, solo por el hecho que el otro es más exitoso.
Por supuesto que hay distorsiones en la sociedad, se cometen delitos, corrupción, favoritismos, etc. Pero el acusar, juzgar y dictar sentencias, les corresponde exclusivamente a los organismos pertinentes.
¿Se han dado cuenta que tenemos una fuerte tendencia a solidarizarnos con las carencias o desgracias de nuestros semejantes, pero muy poco aplaudimos sus triunfos?
Un querido profesor me dijo alguna vez: “no pierdas el tiempo tratando de justificar tu caminar. Quienes te quieren no necesitan que les justifiques tus logros, en cambio quienes no te quieren no te van a creer”.
Una apreciada comerciante, que ya pinta canas de tanto trabajar, me dijo hace un tiempo atrás que, “desde que ella desea el bien a todos, a ella le va mejor”.
@dflara
