Por: Sandra Beatriz Ludeña
Para hablar de feminismo comunitario hay que reconocer los encadenamientos de violencia contra mujeres, que se tejen en las sociedades modernas, tales encadenamientos son construidos desde sórdidos intereses, y es preciso descubrir una realidad. Porque las mujeres en ciertas circunstancias están sitiadas por dinámicas de terror y amenazadas por prácticas ambiguas, y cómo al interior de sus comunidades enfrentan violencia de género.
Para lo propuesto, se analiza comunidades de Loja y Zamora Chinchipe, para reconfigurar el sentido de mujer. Para ello, se trabaja con poblaciones donde las organizaciones usan costumbres que integran mujeres y hombres al aplicar la justicia y los recursos naturales.
Sabiendo que a las mujeres comunitarias las asedia no solo el machismo, sino vínculos de poder como: los grupos delictivos que exigen sustituir cultivos por marihuana. Luego, el Estado y sus proyectos para el desarrollo, con mecanismos de seguridad militarizando zonas de tensión. Y, las compañías mineras, con su afán de extracción de minerales, que destruyen y contaminan el entorno.
Por esto, y el ensamble del narcotráfico con minería, hay pugna del territorio y desplazamiento de comuneros que se niegan a abandonar su tierra. Por esto, las mujeres son protegidas con limitación espacial y restricción de lugares inseguros. Son nuevas formas de desposesión del cuerpo-territorio de las mujeres indígenas. Así, ellas sufren otra violencia. Ante lo que resisten. La resistencia intencionada y es una forma para enfrentar la opresión del poder, con el objetivo de subsistir.
Para explicarlo, hago esta síntesis de relaciones sociales al interior de las comunidades, sin obviar el patriarcado originario ancestral, que es opresión también.
Persiste el rechazo a las jefas de hogar, sin valorar el trabajo agrícola y su contribución a las economías de las familias. Los espacios públicos están masculinizados, los hombres asisten a las asambleas y hacen supervisión, las mujeres son para los quehaceres domésticos.
Mas, entre el bracero y la labor manual está el espacio colectivo de las mujeres, después de las labores les gusta reunirse para aprender de tejidos, o bordados, allí las mujeres narran sus experiencias, los hechos importantes de su día a día, y explican la importancia de tener ideales, sueños.
De esas conversaciones hago este homenaje al feminismo comunitario, y de experiencias en algunos barrios periféricos de Loja, donde la comunidad me dejó ver las asambleas, reuniones y fiestas del lugar. Así evidencié las prácticas comunitarias que ayudan a resistir, estos eventos como: ferias, eventos escolares, cultivos compartidos (chacras), y rituales propios de la comunidad, son mecanismos de resistencia femenina.
