Santiago Armijos Valdivieso
La conquista española de América ha generado, y seguirá forjando, opiniones diversas y encontradas. Unas expresarán que aquel trascendental acontecimiento universal fue sangriento, perturbador y perjudicial para los pueblos originarios del nuevo mundo, pero otras dirán que esta fue positiva, por haber permitido el encuentro y la conexión del incario con una cultura de avances desarrollados, en todos los ámbitos, para aquella época de 1492. Creo que en ambas posiciones existen razones y reflexiones para sostenerlas y defenderlas, pues, atreverse a tener una posición única y excluyente sobre el tema, resultaría una actitud atrevida que podría rozar los linderos de la falta de objetividad.
Más allá de ello, resulta innegable decir que los conquistadores españoles, a diferencia de los ingleses, quienes se impusieron a los pueblos nativos de Norteamérica; desde un inicio, y en mayor número en la época de la Colonia, tuvieron la firme decisión de mezclarse con los indígenas sudamericanos, para fusionar las razas a través de la mezcla de las sangres y así forjar nuevas sociedades que, con errores, excesos y pecados europeos, se fueron consolidando a través de los años, de las décadas y de los siglos.
De esta unión de razas y culturas habrá muchos ejemplos, pero seguramente el más simbólico y connotado es el de Francisca Huaylas Yupanqui, quien fue fruto de la unión del conquistador extremeño Francisco Pizarro González y de la ñusta Quispe Sisa (más tarde llamada Inés Huaylas Yupanqui), hija del emperador Huayna Cápac y hermana del Sapa Inca Atahualpa, la cual, a los diecisiete años fue llevaba desde el Cuzco a Cajamarca para ser entregada como trofeo al conquistador Pizarro.
Justamente, para contar con más elementos de juicio en el debate sobre el controvertido tema de la conquista, está la vida de Francisca Pizarro Huaylas Yupanqui: llena de angustias, contradicciones, anhelos y orgullo, la cual es relatada, magistralmente, en la novela histórica Francisca, princesa del Perú del escritor peruano Alonso Cueto. Confieso, sin jactancia, que la leí de un tirón, en un dispositivo de lectura digital Kindle, ya que no pude conseguir el libro físico, problema muy común en nuestra ciudad, en la que hay pocas librerías y los libros del exterior llegan tarde y a cuentagotas.
No creo exagerar si digo que luego de leer esta obra histórica, surge un parteaguas en el lector, respecto a la connotación del mestizaje o unión entre el viejo y el nuevo mundo, tanto para América como para España y Europa.
Seguramente esto sucede por las reveladoras circunstancias en que Francisca Pizarro Huaylas Yupanqui vino al mundo, es decir, por el hecho de haber sido el fruto del choque, a sangre y fuego, de dos culturas diametralmente diferentes, las cuales, luego de la tempestad y la violencia, fueron fusionándose, apaciguándose, conociéndose y valorándose, a través del mestizaje: palabra de inmenso alcance que representa la impuesta alianza, sin retorno, de lo antiguo con lo nuevo.
Por supuesto que, para ello, debieron acontecer episodios durísimos, terribles e inhumanos como el despiadado racismo y la explotación de los indios a través de las mitas, las encomiendas y el yanaconazgo. Lamentablemente, hay que decirlo y reconocerlo, la ambición y la crueldad, no fue exclusiva y oscura impronta de los conquistadores españoles, pues, lo ha sido de toda la especie humana en los cinco continentes, incluidos los mismos incas, aztecas y mayas que, a fuerza de sangre y explotación, impusieron ferozmente sus intereses a los de otros pueblos originarios. Solo como ejemplo vale citar la sangrienta incursión inca al Reino de Quito, cuyo rastro tiñó de rojo espeso la laguna de Yahuarcocha con la sangre de miles de soldados del ejército de los Shyris quiteños.
Al regresar a la novela Francisca, de Alonso Cueto, debo decir que me impresionaron especialmente los capítulos iniciales en los que se narra la impuesta separación de Francisca, a sus tres años, de los brazos de su madre Quispe Sisa, también llamada con el nombre españolizado Inés Huaylas, mujer de la nobleza inca, quien quedó devastada por tan terrible decisión del marqués Francisco Pizarro González, conquistador del Perú y fundador de la ciudad de Lima, el cual adujo como justificación, la necesidad de que su hija Francisca se aleje de las influencias paganas de su madre y, con la guía de una institutriz o madre española sustituta, abrace la religión católica y aprenda el idioma, los modales y las costumbres de la vieja España.
Claro está que, a pesar de tan arbitraria separación de su madre, Francisca nunca renunció a las creencias, tradiciones y saberes incaicos de su familia materna, eso sí, sin dejar de renegar o menospreciar lo aprendido de la cultura española.
Otro pasaje de la novela invocada, que se queda impregnado en la retina del lector, es el que se refiere al declive y muerte del conquistador Francisco Pizarro González, como consecuencia de sus diferencias por el poder con el también conquistador Diego de Almagro, con la Corona española, y con su vida misma, llena de vanidad, ambición y valentía.
El lector también debe poner particular atención a los capítulos que describen el largo viaje que la joven Francisca debió hacer a España, en 1551, país envejecido respecto a América, para casarse con su tío paterno, Hernando Pizarro, quien cumplía pena de prisión en el Castillo de la Mota, situado en Medina del Campo, Valladolid, por la muerte de los peninsulares Diego Alvarado y Diego de Almagro, ambos enemigos acérrimos de los hermanos Pizarro: Francisco, Gonzalo, Juan y Hernando, este último, único sobreviviente de los cuatro. Por supuesto, este viaje de Francisca tuvo como fundamentales objetivos la preservación de la dinastía familiar de los Pizarro y el de hacer conocer en España la relevancia, del que fuera Imperio Inca, en su calidad de su más importante descendiente.
Precisamente, el viaje a España y ese impuesto y sui géneris matrimonio con su tío Hernando, revela el recio y luminoso material del que estaba hecha esta mujer valiente e invencible, como fruto de la colisión de dos culturas distintas, y de las cuales se sintió orgullosa y comprometida, por igual, al punto de vivir, hasta su último aliento, con sentimientos encontrados y difíciles de entender, cuyas consecuencias las sintió, estruendosamente, en el torrente de su sangre mestiza, esto es, por un lado, un natural orgullo del asombroso imperio de los incas, y por otro, un profundo respeto por las atrevidas y suicidas aventuras emprendidas por los temerarios hermanos Pizarro, en su condición de hija, sobrina y esposa de uno de ellos.
Como aperitivo, transcribo las líneas iniciales de esta extraordinaria novela histórica: “Me llamo Francisca Pizarro Huaylas Yupanqui (…). Nací el 28 de diciembre de 1534, años del Señor. Así lo atestigua mi padre, el marqués Francisco Pizarro González, conquistador de los ríos, las montañas y mares de allende. Francisco, marqués de un lugar que no tenía nombre. Prisionero de sus delirios. Profeta de su ambición. Destructor de los templos y de las huacas. Temerario combatiente de los vacíos de la pobreza, y buscador de sus fronteras, por la gracia de Dios. (…). Soy, por encima de todo, la hija de Inés Huaylas Yupanqui, quien antes fue Quispe Sisa, expulsada de su juventud como hermana del sapa inca Atahualpa y exiliada a su vejez como esposa de Pizarro y de Francisco de Ampuero. Soy la hija de Quispe Sisa que se vio obligada a entregarme a unas manos ajenas cuando yo tenía solo tres años. Soy la hija nacida entre las lágrimas y los suspiros de Quispe Sisa que me vio partir a otra familia, con los brazos extendidos de terror y de asombro. (…) Soy la primera en tener mezcladas el flujo del agua y la dureza de las piedras, la piel dorada del Cuzco y las corazas de luz plateada de España. (…) Tengo el león y el amaru, el caballo y el puma, el cerdo y la vizcacha, el perro y el cóndor en los lazos de mi blasón imaginario”.
Créanme, estimados amigos, esta una novela adictiva de lectura imperdible. Luego de leerla, seguramente al igual de lo que me sucedió, podrán empatar muchos cabos sueltos de nuestra convulsionada historia. Realmente, muy recomendada.
