MADRE TERRENAL

Esta tarde las estrellas se han callado

y divisan desde el cielo tu dulzor

envolvente de tu hermoso resplandor

que en alma de tus hijos se ha prendado.

Eres buena, sí Señor, eres bonita

que provoca despertar con tu reír

y extasiado quedamente proferir

finos versos para ti, bella damita.

Y esos ojos, es verdad, qué bellos ojos,

dos ventanas al perfume en lontananza,

fuentes claras como tú, bella esperanza,

y te cubren finamente con hinojos.

Tu dulzura nos envuelve suavemente

y nos brinda tu sonrisa celestial

con tus alas de paloma de cristal

que se mueven en vaivén muy lentamente.

Linda madre sin igual de ala perlina

esta tarde nos rendimos a tus pies

por tu gracia de inquietante exquisitez

y otras formas que el Señor lo determina.

Los aromas de emolientes margaritas

nos subyugan a quererte siempre más

como lluvia de asteroides pertinaz

que se estrellan en las nubes infinitas.

Ni mi lírica ¡por Dios! Es suficiente

para hablarte, buena madre, con pasión

sí al hacerlo se exacerba mi emoción

y se marcha sin temor, tan de repente.

Engalanas con tu porte y tesitura

tu familia, hierbabuena de jardín,

donde falta solamente un querubín

para hacer un relicario de dulzura.

Circundada de zafiros y diamantes

vas y vienes, linda madre, sin cesar

como un ave que se apresta a remontar

las montañas y los cielos más distantes.

Eres cisne que navega en la laguna

bajo el cielo serpenteado de arrebol;

en el día te acompaña el astro sol

y en la noche los relámpagos de luna.