Efraín Borrero E.
Desde mi juventud conocí a Hugo Constante Martínez Moreno, nacido en Sabiango, cantón Macará, el 26 de febrero de 1935, porque junto con Máximo Apolo, “Cayo” Fierro; “Playo” Sánchez, “La Ballena” Rodrigo Carrión, Jorge Morocho, “Mantequilla” Alvarado, Pedro Pineda y alguien más, establecieron una estación de taxis en la plaza central, intersección de las calles Bolívar y 10 de agosto, amparados en una Cooperativa que él fundó en 1960. Los automóviles conservaban su color original porque todavía no regía la norma que regulaba el amarillo unificado.
Ese sitio era nuestro punto de encuentro con la jorga de amigos; es decir, compartíamos el mismo espacio y las relaciones con ellos eran muy cordiales. Frecuentemente contratábamos una hora de taxi para pasear por la ciudad cuyo costo era de veinte sucres. En algunos casos nos permitían manejar el vehículo para “sacar pinta” con las chicas. Hugo Martínez hacía relucir su vistoso Ford Fairlane.
Fue un brillante chofer profesional y un maestro del volante, por eso tenía pasión por el automovilismo deportivo. En 1965 y 1966 participó en varias competencias de circuito urbano organizadas por el Sindicato Provincial de Choferes de Loja. En la carrera automovilística de julio de 1966 obtuvo el campeonato junto a su compadre Miguel Mena Jaramillo.
El Sindicato Provincial de Choferes de Loja organizaba este tipo de eventos el 24 de junio de cada año para festejar el Día del Chofer Ecuatoriano. Alberto González Solórzano refiere que en cierta ocasión se les ocurrió organizar una carrera de camiones en la modalidad de retro. La competencia partió del kilómetro dos de la carretera a Zamora hasta el puente del colegio Beatriz Cueva de Ayora. De los muchos inscritos pocos llegaron a la meta y fueron a parar donde Don Capa para que les enderece la nuca. El triunfador fue Moisés Bravo.
La prueba de fuego en la que Hugo Martínez hizo ostensible su pericia como chofer ocurrió el 5 de septiembre de 1959, en circunstancias que se desarrollaba la campaña electoral para elección de alcalde de Loja, en la que terciaban dos distinguidos ciudadanos, uno por el partido conservador que aspiraba a la reelección inmediata y el otro por el partido socialista que pretendía la reelección alternada, ya que fue alcalde en el periodo de 1955 a 1957.
Cuando Hugo contó esta hazaña omitió nombres porque era una persona muy delicada y evitaba cualquier susceptibilidad, pero sabemos quiénes fueron esos candidatos y el hecho de no tener responsabilidad alguna por ciertos actos de sus partidarios.
Dijo que en esa época trabajaba como chofer en un taxi propiedad de Carlos Enrique Vélez Ojeda, quien dispuso que ese día se ponga a órdenes del candidato socialista para trasladarlo junto con su esposa a la parroquia El Tambo, lugar en el que iban a formar un comité proselitista.
A las once de la mañana del mismo día llegó un camión Chevrolet que transportaba a quince personas con pancartas del candidato contrincante que también iban al Tambo.
Llegada la noche retornaron a Loja por la carretera que en esa época era de tierra y se levantaba gran polvareda. De pronto apareció aquel camión con partidarios del grupo opositor, que evidentemente habían ingerido una buena dosis de alcohol como era costumbre en esos eventos, a lo que se sumaba el fanatismo político exacerbado. Los gritos e insultos en contra del candidato socialista tornaron preocupante y riesgosa la situación.
Hugo pisó el acelerador a fondo para evitar complicaciones y evadir al camión, pero éste les pisaba los talones en medio de la polvareda. El chofer del camión se guiaba por las luces rojas posteriores del automóvil que también disponía de dos faros antiniebla instalados aparte del circuito eléctrico central. Hugo recurrió a ese dispositivo y apagó las luces convencionales ante lo cual el chofer del camión se quedó sin ninguna guía. En la densa nube de polvo que se levantaba detrás del automóvil pudo divisar por el retrovisor que el haz de luz del camión cambió el rumbo y salió de la carretera; luego se supo que se había accidentado en un cañaveral.
Cuando cursé el sexto y último año de educación secundaria en la Academia Militar La Dolorosa, y a la sazón fui presidente de la promoción de compañeros, contratamos a los Hermanos Miño Naranjo que estaban en la cumbre de su apogeo, para dos presentaciones en el Teatro Bolívar con el propósito de recaudar fondos y financiar nuestra gira de egresados a la ciudad de Lima.
El taxi ideal para recoger en el aeropuerto de Catamayo a los afamados artistas que por primera vez venían a Loja, era el de Hugo Martínez Moreno. La grata experiencia de ese viaje fue haber conocido a cabalidad la otra faceta de tan distinguido personaje: la del singular conversador, lector empedernido y poseedor de una gran cultura general. De Loja sabía muchas anécdotas, leyendas y hechos históricos. Comentó la historia del pasillo Alma Lojana. Los Hermanos Miño Naranjo estaban embelesados.
De la misma forma se manifestó cuando el sábado 14 de agosto de 1965 viajamos a Guayaquil con Pío Enrique Cueva, Fabián Tapia y Víctor Vicente Armijos, para alentar a nuestra selección nacional de fútbol que se enfrentaba al día siguiente con la de Chile por las eliminatorias del mundial de Inglaterra. Acordamos en dos mil cuatrocientos sucres el viaje expreso.
El paseo fue por demás placentero por las conversaciones de Hugo Martínez. Llegamos al Estadio Modelo a las dos de la madrugada del día domingo 15 de agosto. A esa hora había una multitud de personas deseosas de adquirir las entradas. Hugo logró ubicarnos en el sitio adecuado y nos daba consejos como a hijos: manténganse siempre de pies con la guardia levantada; ojo, pestaña y ceja con los “choros”. Yo los voy a esperar en tal sitio, apuntaba con el dedo.
El resultado fue empate a dos goles por bando y mantuvo en suspenso nuestra ilusión hasta los partidos de desempate en Santiago de Chile y Lima, donde ellos clasificaron apuradamente en medio de decisiones arbitrales injustas que nos perjudicaron en forma evidente. Aunque el resultado en Guayaquil fue frustrante quedó en nosotros el recuerdo de un viaje inolvidable.
Poco tiempo después estableció el servicio de transportación de pasajeros hacia y desde el aeropuerto de Catamayo, en cuya actividad conoció a muchos forasteros, entre ellos al encargado del marketing de lubricantes Texaco, que en 1990 lo contrató para realizar un spot promocional de televisión, reconociendo su gran prestigio como profesional del volante y como ser humano.
Mientras Hugo trabajaba tuvo el apoyo de su amada y virtuosa esposa, Matilde Espinosa Sotomayor, quien atendía las llamadas telefónicas de los usuarios y coordinaba la agenda. Ella también se manejaba con la misma calidez, gentileza y atención.
Varias fueron las familias lojanas que frecuentemente utilizaban los servicios de Hugo para realizar viajes turísticos en su taxi, como el caso de la familia Mora Palacio.
Hugo Martínez Moreno sirvió a Loja desde la función pública; en abril de 1976, durante el gobierno del Consejo Supremo de Gobierno, conformado por los generales Alfredo Poveda Burbano, Guillermo Durán Arcentales y Luis Leoro Franco, fue nombrado consejero provincial, cargo que ejerció hasta febrero de 1981. En 1978 el Consejo Provincial de Loja lo nombra presidente ocasional siendo encargado de la Prefectura en varias oportunidades. Trabajó apasionadamente y su interés por atender las necesidades de los sectores populares de la provincia era notorio y encomiable.
En 1979, el gobierno de los Países Bajos lo designó administrador de proyectos de infraestructura en sectores vulnerables en su ejecución, como la construcción de la Escuela “Baeza” en el barrio Gañil de la parroquia San Lucas; la Escuela “Reina Juliana” del barrio La Granja de la parroquia Malacatos; la ampliación de la Escuela “Simón Rodríguez” de la parroquia Sabiango del cantón Macará, y la supervisión del sistema de tratamiento de agua en el cantón de Sozoranga y de algunos barrios de la parroquia Malacatos.
En octubre de 2016 recibió el reconocimiento por parte del Municipio de Loja por su participación en el proyecto “Cortezas de Esperanza” del Archivo Histórico Municipal de Loja; y, en el 2022, fue reconocido como Amauta por parte de la Academia Nacional de Historia, Capítulo Loja.
En la prestigiosa Revista Gaceta Cultural, inteligentemente editada por su hijo Fabián Martínez Espinosa, en quien cabe aquel refrán “de tal palo, tal astilla”, escribió algunos artículos de interés.
Hugo Martínez Moreno fue un hombre de bien y señor en la extensión de la palabra; sencillo, respetuoso con los demás, culto, gentil, fiel amigo, infatigable trabajador, intachable en todos sus actos y un ciudadano ejemplar; es decir, un notable lojano.
Cuando falleció el 16 de julio del 2022 nos consternamos hondamente y las palabras de pesar por parte de instituciones públicas y privadas se multiplicaron; además de familiares y amigos. Su maravillosa esposa sintió haber perdido parte de su vida, y sus hijos: Ruth, Fabián, Jackeline, Ramiro, Iván y Diego atesoraron orgullosamente el cúmulo de valores que en vida profesó su distinguido padre, Hugo Constante Martínez Moreno, a quien recuerdo con especial afecto.
