El maestro y la cuarta revolución industrial

Benjamín Pinza Suárez

La cuarta revolución industrial no es que está por venir, ya está entre nosotros y nos está exigiendo urgentes desafíos. Si la cuarta revolución industrial es la fusión entre la tecnología robótica, digital y conceptual sustentada en la inteligencia artificial, será, entonces ésta la que genere cambios sorprendentes en el mundo de hoy. Debemos estar claros que, por sofisticada que sea el avance de la tecnología, jamás podrá superar la inteligencia humana porque, precisamente, es la inteligencia humana la que crea esas tecnologías. Por lo tanto, el gran desafío está en preparar a los maestros en el uso de las nuevas tecnologías para que puedan ser aplicadas como función de la educación, habida cuenta que, la educación no podrá ser jamás función de las tecnologías, sino que las tecnologías estarán en función de la educación.

Los maestros tienen el enorme papel de saber el valor de la educación para comprender lo que significa el ser humano y, en esa línea de concepción humanística, preparar a los chicos en habilidades y destrezas cognitivas, intelectivas, psicomotrices, en el conocimiento del entorno inmediato y mediato, en tener conciencia del medio ambiente, del medio ecológico, del proceso de relación entre el hombre y la realidad, del gusto y empoderamiento de las expresiones artísticas (poesía, música, dibujo, danza, teatro, etc.); en la importancia de las relaciones humanas, en tener clara conciencia que lo más importante es el SER y no el TENER, en conocerse a sí mismo a través de la meditación y la autorreflexión como una forma de auto descubrirse y a la vez, poder delinear sus proyectos de vida. Es por ello que la educación es una misión profundamente humana, noble y maravillosa, porque forma, enseña, construye, orienta y abre senderos de esperanza y porvenir.

Lamentablemente estamos invadidos por la fuerza de las tecnologías y, aquellos maestros que no se preparen en el conocimiento, uso y aplicación de las nuevas tecnologías, desaparecerán. Insisto, la tecnología debe facilitar el proceso de la enseñanza-aprendizaje, pero jamás podrá reemplazar a los maestros. Un robot no podrá entender el mundo intrínseco de los niños y jóvenes (sus sentimientos, preocupaciones, estados de ánimo derivados de problemas socioeconómicos, sus querencias, sueños, anhelos…); lo que sí podrá es ayudar a encontrar más fuentes de información y a facilitar herramientas para la investigación y otras actividades. Los seres humanos no son objetos o muebles y no se los podrá cosificar, siempre y cuando la educación y los maestros asuman con elevada responsabilidad su noble misión. La educación está para tender puentes hacia la empatía y la interrelación humana.

El uso de la tecnología no podrá ser igual para cada grupo escolar. El sentido de lo humano, la creatividad, el poder imaginativo, las expresiones estéticas, las iniciativas e inventivas requieren de estrategias metodológicas que deben ser creadas por los maestros. Esta grandiosa labor está a cargo del auténtico Maestro, aquel que, a más de estar revestido de un soporte axiológico y cognitivo, tiene que tener la virtud de un fino tallador para poder moldear con sabiduría la personalidad, el carácter, el pensamiento creativo, reflexivo, crítico y visionario de sus discípulos. El logro académico de una institución educativa se da gracias a los buenos maestros.

De ahí que, lo que se requiere son maestros bien preparados, bien formados y bien remunerados por el Estado para que su labor esté dedicada a ser los amantes de la buena lectura y pongan en los ojos de los niños un libro y no un celular (tal como lo hacen algunos papasitos para tenerlos entretenidos a sus hijos y no los molesten); se requiere de maestros entusiastas, amables, positivos, alentadores, motivadores, inspiradores. Los auténticos maestros son aquellos que se sumergen en los diáfanos espacios enarbolados de sabiduría, de enseñanza vivificante, de entrega sin límites, de infinita humildad, de generosidad y grandeza; pues, el auténtico maestro es aquel que consigue que sus alumnos piensen diferente a él para que lleguen a ser mejor que él; que entrega entusiasmo y amor en todo lo que enseña, que hace de su vida un himno a su misión, que da con el ejemplo la lección y que sabe compartir, sin egoísmos, el abecedario de la verdad, de la esperanza y la convicción de ser cada vez mejores. Una persona egoísta nunca podrá ser maestro. Un auténtico maestro tiene que ser un buen líder, un motivador, un escrutador del alma infantil y juvenil. El buen maestro es un alumno permanente; pero el mejor maestro es aquel que dentro de su sencillez, es un emporio de riqueza en el saber y de un arte en el enseñar y aprender; pero el más grande y extraordinario maestro es aquel que tiene las manos de un agricultor, el cerebro de un sabio y el corazón de un niño. Hago este parangón pedagógico entre lo que es un agricultor y lo que es un maestro, porque, así como el agricultor prepara la tierra, la abona para sembrar la semilla, la riega, la cuida, la poda para que luego florezca y fructifique, así también tiene que ser el maestro con sus alumnos.

Desde que ingresa a las aulas el maestro debe mostrar el semblante de un gran caballero de la palabra, del buen pensar, del fascinante dialogar, del genuino motivador y del fino labrador de porvenires. El maestro debe ser profundamente humano para poder interactuar, sentir y entender que va a compartir sus enseñanzas con seres de carne y hueso, de sentimientos, preocupaciones, alegrías, tristezas, ansiedades, inquietudes, dudas, recelos y sueños. El auténtico maestro tiene el ojo clínico especializado en percibir la naturaleza interna de sus discípulos para orientarlos por buenos senderos, a sabiendas que el mundo de los niños y jóvenes está influido por factores endógenos y exógenos que, en fin, de cuentas, son los que van perfilando la estatura moral e ideal de un buen ciudadano.