NO TENGAN MIEDO

P. Milko René Torres Ordóñez

En el relato de la tempestad calmada Jesús revela su poder como un atributo divino que resalta su deseo de anunciar por todas partes el mensaje de la Buena Noticia. Él, vino a servir y a entregar su vida por la humanidad. Jesús ha tomado la decisión de pasar “a la otra orilla” en medio de un ambiente de incomprensión y resistencia. Jesús quiere evangelizar en un territorio pagano. Las fuerzas del mal  pretenden impedir, por todos los medios posibles, que avance la difusión del Evangelio.

San Marcos narra el universo de la escena que tiene sabia catequética. Jesús quiere impartir fe y optimismo. La narración refleja una experiencia existencial que fluye como el agua de un riachuelo. La naturaleza de la fe, vivida por la floreciente comunidad cristiana, llena de ricos detalles, indicaciones y compromisos, revela el buen deseo de escuchar la voz de quien se encuentra a la puerta y pide entrar en el corazón de la misión. La imagen de la tempestad simboliza el escollo al que va enfrentar y va a vencerlo. Las turbulencias en las travesías asocian la intuición de la cercanía de una muerte inminente.

Las olas enfurecidas golpean sin piedad la pequeña barca. La presencia de Jesús, cuya vida transcurre entre la guerra y la paz, garantiza firmeza en la fe, amor a la vida. Autoridad. Las fuerzas del mal no pueden continuar con su embestida. Ceden ante la actitud de Jesús, muy propia de quien levanta su voz, acalla con sus gestos, impresiona por su porte. Recrea un nuevo mundo con la profundidad de una pedagogía que magnifica cuanto pretende manifestarse en contra del bienestar del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. El arco iris de la paz, como en el relato del diluvio universal, dibuja el halo de un temor reverencial. La presencia de Dios sobrecoge al hombre en todo tiempo y lugar. En el monte Horeb, Moises encontró paz. El lugar que pisaban sus pies debía purificarse con acciones de humildad.

La naturaleza, santa desde su creación, cierra su ímpetu habitual para abrir su ser ante la llegada del misterio que transforma todo. El paso del caos al orden. De la oscuridad a la luz. De la muerte a la vida. En el corazón de una escena cósmica nace la pregunta crucial que da sentido al pasaje bíblico que estamos contemplando: ¿Quién es éste? Jesús quiere extraer del corazón y la mente de sus discípulos respuestas convincentes. La fe, por encima de cualquier situación. Aquella que ha roto ataduras existenciales para abandonar las tendencias esclavizantes de lo cotidiano, familiar o social. Seguirlo hasta las últimas consecuencias.

Un cambio en la perspectiva de las opciones que matan. Que no permiten respirar. La vida de los discípulos en el contexto de la misión apostólica debe dejar de lado el empeño en exigir milagros frecuentes. Actos prodigiosos que pueden oscurecer el panorama de la fe y del testimonio. Alteran, en muchos casos, la mirada serena en la hoja de ruta que tiene como objetivo compartir la plenitud de la transfiguración en el monte Tabor. Jesús pide una fe madura, a prueba de tempestades. El silencio de Jesús transforma.