Fernando Oñate-Valdivieso
Joaquín estaba seguro de que María su esposa se estaba quedando sorda. Para comprobarlo la llamó desde la sala alzando su voz, María en la cocina, a unos 10m de distancia, no respondió. Joaquín se acercó un poco y desde el comedor volvió a llamarla: “María”, pero no recibió respuesta. Se acercó un poco más y desde la puerta de la cocina volvió a llamar a su esposa, pero María no se movió. Finalmente, se puso junto a ella y pronunció nuevamente “María”. Recién en ese momento Joaquín pudo escuchar a su esposa decir: “por cuarta vez, ¿qué quieres?”
Qué fácil es juzgar los errores de los que nos rodean. Al igual que Joaquín, solemos pensar que solo los demás cometen errores criticables, cuando a las claras, nadie está libre de cometerlos. Es fácil juzgar a los demás, pero auto juzgarnos es muy complicado, el orgullo nos ciega y no podemos ver lo que en ocasiones es evidente para la mayoría.
El libro de Mateo recoge una fuerte enseñanza de Jesucristo: “No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan se les medirá. “¿Por qué miras la brizna de paja que está en el ojo de tu hermano, pero dejas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿Cómo dirás a tu hermano: ‘Deja que yo saque la brizna de tu ojo’, si una viga está en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano” (Mateo 7).
Reconozcámoslo, a todos nos gusta juzgar, dar nuestra opinión criticando el actuar de los demás y en ocasiones eso hasta nos da una cierta posibilidad de desquite si fuimos juzgados por esa persona con anterioridad, pero esa no es la actitud correcta. Jesucristo nos enseña que, de hacerlo, también seremos juzgados y se nos juzgará de la misma manera en la que nosotros lo hemos hecho. Lo lamentable es que juzgamos los defectos de los demás sin percatarnos que nuestros propios defectos pueden ser aún peores que los que ostenta la persona a la que criticamos, no en vano, Jesucristo nos pide que retiremos primero la viga de nuestro ojo para poder quitar la paja del ojo de nuestro prójimo, haciendo evidente nuestra tendencia a minimizar los errores propios y a maximizar los ajenos.
Dejar de juzgar a los demás es un proceso que debe sustentarse en tres pilares: la humildad, para reconocer que no estamos libres de cometer errores, la misericordia, para ver el error ajeno con empatía, dándole el beneficio de la duda y el amor para que, de ser necesario, exhortar con palabras suaves. Lo invito a hacer la prueba.
