INVITADOS AL BANQUETE

P. Milko René Torres Ordóñez

Hablar de la sabiduría implica reconocer la existencia de un Dios creador que actúa y obra en cada espacio y en cada tiempo en la historia de la humanidad. La literatura poético-sapiencial amplía y recoge la experiencia del hombre, sus alegrías, esperanzas, ilusiones y tristezas en el devenir de su existencia. El libro de los Proverbios maximiza la sabiduría porque la valora como alimento necesario que nutre el deseo de abarcar distintos niveles de conocimiento y supervivencia.

La compara como una invitación a un banquete apetecible, sustancioso, transformante: “Si alguno es sencillo, que venga acá”. Subraya la ignorancia como la negación de la vida. La prudencia representa el camino correcto hacia la plena madurez para vivir y disfrutar la vida con discernimiento. El hombre, según San Pablo, debe aprovechar cada momento. San Juan, al tiempo de continuar con su extenso discurso del Pan de Vida, remarca su intención en la catequesis eucarística. La pluma del evangelista acentúa con profundidad la memoria de los acontecimientos sucedidos en la noche de la última cena. La dimensión metafórica del discurso del Pan de Vida tiene como trasfondo el realismo sacramental que imprime con fuerza el carácter salvífico de la Eucaristía. Urge comer y beber la sangre del Hijo del Hombre, Jesús. Importa, como el aire que respiramos, acogernos a la frescura sobrenatural de la carne y la sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Como ayer, al margen de los argumentos infundados en torno a la vida en gracia que transmite la Eucaristía, hoy prevalece la necesidad de insertarnos en ella para participar en el misterio de Cristo y de la Iglesia. La carne y la sangre son verdadera comida y bebida. La Eucaristía es el signo sacramental de una verdadera comida real que nos lleva a participar en la comunión salvífica de una presencia eterna. El sacramento de la Eucaristía contiene efectos que se expresan con la fórmula de la permanencia recíproca: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en Él”. El verbo “permanecer” designa la verdadera vida cristiana. El discípulo configura su identidad cuando valora la permanencia en la unión con Cristo.  San Juan puntualiza su concepción en torno a la Eucaristía en base a profundas convicciones. En la Historia de la Salvación ocupa el primer lugar debido a su unión indisoluble con la misión de Jesús desde la encarnación hasta la cruz y la exaltación. El pan y el vino, signos sacramentales, dones excelsos, constituyen el medio para fortalecer la unión con Jesucristo. Ella, eficaz y definitiva, tiene su razón de ser cuando cumplimos la máxima exigencia: la fe en Jesucristo, plenitud de la revelación. Él, que vino para cumplir la voluntad de su Padre, nos hizo dignos merecedores de la salvación. En la Eucaristía, cena de amor y fraternidad, Jesús entrega la totalidad de su ser en su muerte y resurrección. El efecto principal del sacramento de nuestra fe, la unión íntima y personal con el Verbo Encarnado, lo encontramos promulgado en su maravilloso testamento: “El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en Él”. La Eucaristía, eternidad en cada lazo de amor.